Arriba y abajo del Camión
Arriba
Con Camionero pasa algo arriba del escenario.
Eso ya es mucho decir. ¿Cuántas bandas de rock actuales son novedosas por su música y no por algo a su alrededor: su ropa, su público, sus visuales, sus escándalos en redes?
Abajo
En el recital de Camionero también pasa algo abajo del escenario.
Su público es un menjunje divino. Todos vimos al héroe del whisky local intentando bailar como Mick Jagger en un bar de mala muerte porque las bandas de su adolescencia ya no existen más. Y también vimos a los estereotipos del indie y de la punkdemia pulular en los escenarios de moda de la Capital. En Camionero, el público no es ninguno de esos. O es los dos. O todavía no se entiende muy bien.
Lo que sí se puede decir es que su lore, su mitología ambigua y líquida, fermenta algo particular.
Arriba
Cada canción propone su línea de precursores. Uno escucha y se siente cómodo, le parece que conoce todos los pasos que se vienen. Pero es una trampa. Camionero planta caramelitos y embarra el camino. Llega una vuelta de tuerca, un desvío inesperado, una progresión que seguro iba a terminar de una forma y termina de otra. Al comienzo del tema siguiente se desanda ese camino y se empieza a trazar uno nuevo, capaz más sinuoso.
Joan Manuel Pardo canta y toca la guitarra, Santiago Luis la batería. Se ríen, no solo entre tema y tema sino mientras están tocando. Es que parecen darse cuenta: hay algo gracioso en intentar descifrarlos porque la banda tiene sus influencias bien marcadas, capaz demasiado, al punto de confundirse por momentos con una banda tributo. Pero las combinaciones y los cambios repentinos suscitan algo nuevo.
Abajo
El imaginario de la ruta que retoma Camionero es una adaptación.
Si alguna mezcla de blues, country y rock llegó de los motoqueros de Estados Unidos para pegar en Argentina con Pappo y La Renga; y otra llegó de los trenes y los bandidos para encontrar cobijo en El Soldado o en Los Espíritus; entonces acá se quiere importar una estética alrededor de los camiones. O sea: a la ruta, a los caminos, a las minas y al alcohol, una vez más, pero ahora asociado de alguna forma al trabajo.
Aunque la adaptación no es tan inspirada. Es más bien directa, al grano, como las propias canciones. ZZ Top, su modelo más claro, toca canciones que reciclan riffs efectivos y motivos ruteros al borde de la parodia, y maneja su tensión entre un guitarrista/vocalista que quiere dar un volantazo y un baterista llamado Beard que lo mantiene sobre el asfalto. Camionero, entonces, replica ese tire y afloje, incluso desde su aspecto y en buena parte de sus canciones.
bamvfest
A post shared by @bamvfest
Arriba
Alguna que otra canción también suena a lo más rockero y mujeriego de los Black Keys o los Arctic Monkeys. Varios temas son rocanroleros en la vena de los Ratones Paranoicos o Los Gardelitos, pero en medio de la fórmula aparece una digresión.
Hablo de “Películas Anónimas”, por ejemplo, donde se ve bien esto de plantar una pista para desviar la investigación. El tema abre como una de esas imitaciones más burdas de bandas tipo The Brian Jonestown Massacre: frases como partículas, reverberaciones algo etéreas que encierran un sonido más crudo de guitarra, una voz aletargada. Pero, justo cuando se empieza a tornar previsible, la interrumpe un estribillo que parece aterrizado de otra canción, casi de otro mundo, la voz se libera y la canción logra tomar vuelo.
Abajo
En el Matienzo, donde tocan todos los meses desde hace más de un año en un ciclo propio, la bienvenida la hacen El Acoplado y Rueda de Auxilio: un grupo de artistas independientes que acompañan y producen merchandising para la banda, y una organización solidaria que junta donaciones en sus recitales.
El fenómeno puede traer a la mesa esa discusión que se dio hace unos meses, cuando el equipo de Emilia Mernes denunció a emprendimientos que vendían remeras con su imagen. Entonces: mientras que Emilia busca crear un vínculo con sus fanáticos de forma centralizada porque su fin parece ser económico, Camionero internaliza ese producto para acercarse a un fenómeno comunal, casi litúrgico y evangelizador, ya no de abajo hacia arriba sino al revés.
Unos pasos antes de llegar al escenario, un equipo de tatuadores vende sus diseños de Camionero y hay una fila esperando a llenarse el brazo de tinta. Si antes el tatuaje era algo orgánico, y los tatuadores de logos de Patricio Rey o de Los Piojos no tenían ningún vínculo comercial con las bandas, era porque el Indio y Ciro no la estaban viendo.
Camionero aplica el famoso in-sourcing. El mismo mecanismo con el que compañías como MercadoLibre incorporan el transporte, el medio de pago u otros servicios que antes estaban externalizados para absorber el beneficio. Acá el rédito no es económico, sin embargo: los artistas y tatuadores se quedan con el 100% de su ganancia. Pero Camionero construye un capital cultural y afectivo gigante. El Acoplado funciona como fuente de fidelización, y es a lo que Santiago Luis llama “desarrollar su público” en una entrevista con Federico Anzardi.
Si en algún momento la identidad creaba el tatuaje, hoy el tatuaje crea la identidad. Porque hay un detalle más, anecdótico pero importantísimo: si tenés tatuaje de Camionero, pasás gratis a sus recitales.
Es como si la banda (toda una cultura, en realidad) quisiera ser un mártir sin martirio. El que mejor describió esto fue Martín Rodríguez al hablar sobre el kirchnerismo de 2025, y vale la pena citar una buena parte:
Cada hito histórico tuvo, también, algo más “metafísico” para su gestación: tuvo su vacío. Este diálogo no existió: “—Mamá, ¿me hacés unos mates que me voy? —¿Adónde vas, hijo? —Al Cordobazo”. La Historia necesita fuerza ciega. Su no saber. La inconsciencia del acontecimiento que abre. Primero el acontecimiento, después el símbolo. Hay en las llamadas a calcar gestas un clásico reflejo de izquierda: extraer de la Historia una clave, una mecánica, una fórmula de imágenes remasterizadas. Playback del pasado en un plano de interpretaciones que omiten hechos concretos, desencadenantes reales.

Abajo
Entre lo artificial asoma lo orgánico. Cuando, en un solo, el guitarrista toca una serie de cuatro notas, una y otra vez, el público canta al son, sílaba por sílaba: “Ca-mio-neeee-ro, Ca-mio-neeee-ro”. El tema devenido en himno a la propia banda cristaliza la complicidad entre el dúo y sus seguidores, algo así como el cántico de “Las Peló, Las Pelotas” junto a la trompeta de Gillespi en “Sin Hilo”.
Al rato, en el silencio entre dos canciones, se escucha un rumor que pronto se vuelve una arenga general. Al ritmo de “Dale campeón” la gente entona: “Dale Camión, dale Camión”. Entonces Santiago Luis, desde la batería, anuncia el cambio de espacio para la próxima fecha del ciclo como si diera a conocer el fichaje de una superestrella europea: a partir de ahora, Camionero va a tocar en Vorterix.
Arriba
En las remeras que venden afuera de Matienzo y en algunos pósters se repite lo que vendría a ser su slogan: “Parecemos dos pero somos muchos”.
Más allá de las connotaciones políticas y comunitarias que ellos le quieren dar: arriba del escenario son dos. Y es suficiente. Pardo toca como si fuera cinco guitarristas. Vibra hasta la pared del fondo y nadie se queda afuera. En el medio del recital escucho a alguien atrás mío decir algo que no tiene mucho sentido: “está tocando un acorde con un dedo y otro acorde con el otro”. Me acuerdo de lo que pensaron varias personas al escuchar a Robert Johnson por la radio: al principio, que era una banda con varios guitarristas; después, que tenía más de cinco dedos en cada mano. No por nada le había vendido su alma al Diablo.
Abajo
El público es evidentemente ricotero.
Antes del recital suena Patricio Rey. Parece parte del ritual, aunque pasa en cualquier bar del país: todos saben las letras de memoria. Bailan, agitan, fuman con los ojos cerrados y sonríen al techo. Hay remeras con el logo y hay tatuajes que alguno que otro presume al cantar con especial esmero: “Lo que debés, ¿cómo puedes quedarteló?”. Así, con el dedito, te señala.
Abajo
Camionero, su entorno, es una paradoja. Apenas pienso algo me contradice, como si fuera un desafío constante a quien quiera interpretarlos.
Abajo
El público es evidentemente rolinga, incluso en su giro palermitano de los últimos años. Sobran memes del flequillo asociado a un progresismo cheto, noticias de faranduleras como Paula Chaves siendo invitadas al recital de Los Piojos. Entre la gente se mezclan las remeras raídas de Viejas Locas con las tote-bags recién compradas en la Feria de Editores. En Camionero confluye el público que hace veinte años podía ver a Ojos Locos en Villa Celina con el que tuiteó “La música no mata” solo después de ver la serie de Netflix sobre Cromañón.
Arriba
Santiago Luis llama a un viejo compañero al escenario. Después a Santiago Moraes (que fue telonero), después a Lucy Patané. Un par de guitarras y un bajo se suman como invitados.
Dos eran suficientes, pero con cinco músicos la banda llega a lugares que uno no imaginaba. Capaz la plenitud de antes, cuando eran dos, era solo una ilusión. Capaz son temas que permiten la reinvención, la expansión. Capaz son composiciones completas de por sí pero en las que, sin embargo, nada resta, todo suma. Tocan “La distancia”. El público explota al cantar “Nada es fácil, casi todo es siempre una herida”.
Puede ser una forma de música primitiva, llana en el mejor sentido. Una que funciona por sí sola y puede ser genial, pero que en su simpleza se adapta a cualquier cambio. De la que surgen versiones en otros ritmos e idiomas, que pertenecen y designan identidades diferentes. Como “All Along the Watchtower”, de Dylan, que supo ser una balada tradicional pero que en manos de Hendrix encarnó el hippismo anti-bélico y que, años más tarde, Dave Matthews tomó para desplegarla aún más, dejarla hacer eco en un desierto y que se luzca cada instrumento de su banda de siete integrantes.
Para el tema siguiente Camionero llama a un invitado más: un saxofonista. La banda de seis, sobra decirlo, suena incluso mejor.
(Esta última canción la canta Santiago Moraes, que nunca promete mucho pero deslumbra. Antes del recital, su adaptación sí parece más particular: canta como si el blues se hubiera inventado en el Delta del Paraná. Toca temas de tradición argentina y uruguaya, como en su álbum oculto grabado con el celular: Mateo, Contursi, Mandrake Wolf, Charly García. Afirma “Soy del Río” y su río de influencias ya no es el Mississippi, le salen milongas en tono mayor que reconfiguran el sentimiento melancólico del género por otro más brillante.)
Abajo
Todo lo sólido se desvanece en el aire, se llama el último disco de Camionero. Una frase de Marx y Engels impresa sobre una imagen medio vaporwave que a primera vista parece un fondo de pantalla evanescente y tildado pero que es, en realidad, una rueda con los colores ultra-retocados.
El camino entonces parece dar toda la vuelta: lo sólido, los fierros, se desvanecieron en el aire en las últimas décadas. Pero ahí están, algunos vagando de forma espectral, otros haciéndose carne de nuevo. En el recital, las conexiones virtuales se concretan en lo presencial, el trazo grueso y modesto del merchandising clásico vuelve como búsqueda, y el ruido más sucio del garage rock reaparece emulado de forma sintética. Un vistazo al público sugiere que ni siquiera las tribus urbanas, aquellas identidades musicales y políticas, salen indemnes de ese desvanecimiento. El retorno existe, pero nada puede ser igual.
El mismo título que el disco usa Marshall Berman para su libro de 1982 sobre modernidad y modernismo. “Puede que retroceder sea una forma de avanzar, que recordar los modernismos del siglo XIX pueda darnos la visión y el valor necesarios para crear los modernismos del siglo XXI”, dice. Pero ojo: lo esencial de esos modernismos y vanguardias no era su estética, sino la creencia en que existía “la capacidad de cambiar el mundo que los estaba cambiando”.
Arriba
El dúo sostiene un tono provocador que hoy sería imposible si no fuera por la irrupción de Marilina Bertoldi hace diez años. “Cuero negro”, del disco Club Camionero, es el ejemplo más preciso, el mejor logrado: “Ey galán, tanto Ray-Ban / te esconde el lagrimal / […] Los temores detrás de tu / cuero negro, / niño duro, puro cuento”.
Es una jugada maestra la de ella en el rock nacional: al apropiarse de un legado masculino que hacía todo por esquivarla, cualquier hombre que vuelva a hacer algo apenitas parecido se erige como un chabón con todas las letras. Esto es algo que Camionero usa a su favor: la vuelta al patriotismo popular, al sex-symbol morocho peronista, a la idealización de la familia tradicional, por muy falsa que sea en la sociedad, sin duda explica algo del éxito de dos tipos vestidos como mecánicos.
Ese canchereo de Bertoldi, entonces, es un arma de doble filo. Camionero corre el riesgo de que le salga mal, como en “Latas vacías” o “No hablaremos de mañana”, que recuerdan a la ranciedad impostada de Memphis La Blusera o La Mississippi. A lo que voy: cuando ella canta “No soy mala, el alcohol me alienta, / me topé con tu veneno en venta. / Uh, se cae, a nadie le interesa” lo que hace es irrumpir con violencia en una escena que no le pertenece. Pero cuando Pardo dice “Qué me estás boqueando, / se cortan los labios / en las botellas. / Festival, patrullero y vino hostil” suena como si estuviera defendiendo su lugar.
De todos modos, cuando el canchereo es usado con suspicacia toma otro sentido: “Un poco más de consideración” hace convivir una traducción burda de la música yanqui con cierta autoconciencia. “Música blues de rocanrol, solo pido un poco más de consideración”, canta Pardo, que se deschava dos versos más tarde, al citar a Cortázar. ¡Cierto que es profesor de literatura! Por un segundo, entonces, me sale pensar que Camionero capaz sea una banda conceptual, casi autoparódica: una mezcolanza de adaptaciones, evidenciadas por algo de exageración, erudición y autoconciencia.
En fin. Como suele pasar con bandas como esta, cuando hacen una pausa y ponen a trabajar todo su arsenal lírico a favor de algo propio, logran una canción única y bellísima. Basta escuchar “Loop dorado” para darse cuenta.
Abajo
Otro rescate es el de la imaginería sindical: dibujos de camiones y parches de merchandising que dicen Club del Camión (y muchas camperas de cuero y de jean ya bordadas en el público). De vuelta, la apelación es a una comunidad y el centro de ella es el trabajo. Lo mismo se dio hace poco con las referencias de Fonso y Las Paritarias a la CGT en las gráficas de Día del Trabajador.
Uno pensaría rápido en apropiación, en banalización, en cornudización. Pero el público les da la derecha: hay gorras, camperas y tatuajes sindicales, hay dedos en V y banderas en las paredes.
Restan algunas preguntas: ¿es una banda que busca a su público a través de su nombre, sus temas, su comunicación, y que efectivamente lo encuentra? ¿O es una banda de raigambre popular de verdad?
Las contradicciones están ahí, a simple vista: retoman tradiciones nacionales e internacionales, los auspicia una cerveza artesanal, el baterista tiene una remera de la banda Motochorro con una estética entre Hermética y El Mató, algunos de sus recitales son coronados por una fiesta a cargo de un equipo de streamers (Marcos Aramburu y Juan Ruffo) al presentar su ciclo llamado “Tracción a sangre”.
La pregunta siguiente es: ¿hasta qué punto es una banda barrial atestada de un público más cheto, habitué del Matienzo? ¿O hasta qué punto es una banda con una buena estrategia de marketing que logra cautivar a algunos huérfanos de los Redondos, de Callejeros, de Intoxicados?
En cualquier caso: ¿importa? ¿No da lo mismo cómo manejan el marketing de su banda el Indio Solari o Pablo Lescano si la unión que generan alrededor de su música es una antes inesperada? Otra manera de formularlo: ¿es relevante el objetivo de una banda? ¿O es más relevante lo que hace el público con ella?
Abajo
Arriesgo una respuesta: sí, importa. Y sí, es relevante.
Pero no importa porque tal músico sea un careta o porque haya una conspiración por atrás (ideas de las cuales ninguna, creo, le cabe a Camionero).
Importa justamente por todo lo contrario. Importa abrazar las contradicciones y las ambigüedades, que la música no sea ombliguismo, endogamia, nicho. Que los públicos se mezclen, que el de al lado te caiga un poco mal antes de cantar abrazados, que no te sientas parte, que te sientas parte, que la vista se acomode a otra textura, que el oído se incomode en otro ruido, que la atención sea cooptada, que las canciones generen alguna resistencia antes de gustar del todo. Importa trascender, obvio que importa.
Juan Álvarez Tolosa nació en 1999 en Villa Sarmiento, Provincia de Buenos Aires. Escribe desde los 8 años, cuando su hermano le prometió un juego de PlayStation a cambio de un poema. Publicó artículos sobre música, televisión y literatura en Revista Paco, Indie Hoy, Diario Con Vos y Casapaís. Codirige y edita Los años 20.