Número 1Sofía de la Vega

¿Dónde está la imaginación?

¿Dónde está la imaginación?

A la Universidad Nacional de Tucumán

Tengo que confesarles algo

Leo y me aburro.

No es algo de lo que me jacte, lo vivo como un problema. Gran parte de las novedades editoriales me aburren. Eso no quiere decir que sean libros mal escritos, con fallas estructurales, libros que a nadie le interesen. Al contrario, en general son libros que están en los rankings de ventas y además están acompañados por buenos comentarios de la crítica. Leo la sinopsis, dudo, después veo reseñas halagadoras en redes sociales, con esperanza voy a la librería, me llevo el libro, llego a mi casa, leo diez páginas, me desconcentro, los párpados me pesan y me duermo. Le comento a algunos amigos lo que me sucede y ellos me terminan revelando el mismo aburrimiento crónico.

Esto no siempre fue igual

Antes la mayoría de los libros me despertaban.

Cuando era estudiante de la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Tucumán disfrutaba de todo lo que leía. Algunos textos me generaban dificultad, eso seguro, pero aburrirme casi nunca. En esa época fue cuando leí El ruido y la furia de William Faulkner y la vida me cambió para siempre, no podía creer lo que leía (o escuchaba), voces con personalidades e intelectos propios. Desde ese momento nunca olvidé que “Caddy olía como los árboles” pero tampoco el poder de la narración. Lo que me dio Faulkner fue una especie de claridad que antes no había experimentado, escribir no solo era contar historias, sino que también se podían generar sensaciones en el cuerpo, solo imaginándolas.

En cambio, durante 2019, en mi primer año viviendo en Capital Federal ese gozo de lecturas constantes se cortó. Seguramente fue por el propio movimiento interno que generaba el cambio de hogar, pero también influyó el hecho de que había empezado a tener un contacto más próximo con editoriales cuya base estaba en Buenos Aires. Estas editoriales, además, eran de narrativa contemporánea y tenían un lugar, una responsabilidad y un compromiso dentro de ese campo literario. Los autores de sus catálogos no eran solamente argentinos; sin embargo, al leerlos sentía que escuchaba un mismo tipo de voz, una misma historia. Nada de lo que me había pasado leyendo a Faulkner lo podía encontrar en esos libros (por supuesto es necesario asumir que son pocos los libros como El ruido y la furia). Finalmente, lo que sucedió fue que solo tres libros de los que leí ese año me dejaron pensando. A la dificultad de adaptarse a Buenos Aires se le sumó la tristeza por no encontrar desahogo en las lecturas.

Pienso a diario en ese antes y después lector, y me pregunto por qué me gustan menos los libros que leo. Antes de mudarme, mis lecturas estaban pobladas de historias que parecían que nunca iban a tocarse. Marcadas, en muchas ocasiones, por la academia pero siempre literarias, un canon que había armado la Universidad de Tucumán (materias de literatura anuales organizadas por países, donde más que crítica se lee literatura), también con su propio circuito lector donde tenía el mismo peso la literatura latinoamericana que la literatura argentina (que casi en su totalidad era rioplatense), donde pude acceder también a literatura del NOA y leer ciertos autores silenciados por mucho tiempo. Leer desde Tucumán me dio una libertad de elección “gustosa” en mis años de formación, donde las opiniones o ciertos hilos que operan o rigen los gustos del mercado son más débiles. Esa lejanía, ese fuera de campo, esa descentralización alimentó mis gustos y propició una construcción particular lectora que hoy me lleva a exponer ciertas incomodidades con la literatura contemporánea editada desde Buenos Aires.

Tuve algunas charlas

Esas charlas fueron con personas y con libros.

En el prólogo de El Vizconde demediado, Italo Calvino dice:

Yo creo que divertir es una función social, encaja en mi moral; siempre pienso en el lector que tiene que aguantar todas esas páginas, es necesario que se divierta, que tenga también una gratificación; esa es mi moral: uno compra el libro, le cuesta dinero, invierte su tiempo, se tiene que divertir. No soy el único que piensa así; también un escritor muy preocupado por los contenidos como Bertolt Brecht, por ejemplo, decía que la primera función social de una obra de teatro era la diversión. Yo creo que la diversión es una cosa seria.

Sí, divertir es cosa seria y hacer cosas serias es trabajoso, requiere de profundidad y esfuerzo, por eso es algo que se ha dejado de lado. La pregunta es por qué, o más bien por quién. Cuando Calvino habla de función social pienso quiénes son los escriben actualmente, cuáles son sus condiciones materiales, cuál es el mundo que los rodea y por qué son publicados. Al parecer todos estos escritores de libros aburridos pertenecen a una clase social que los hace disponer de tiempo. Y acá está la clave de por qué, sobre todo en Argentina, un país donde históricamente las clases medias y bajas tuvieron la oportunidad de colar sus visiones a las discusiones culturales, ahora da la sensación de que no están pudiendo hacerlo. En nuestra actualidad, entre las crisis económicas, el nivel de estrés que vivimos como sociedad y la cantidad de placebos fáciles de entretenimiento que tenemos a mano, pareciera ser que quienes tienen el tiempo y la mente disponible para escribir son ricos o bastante cercanos a esa descripción. Sin embargo, el problema no es tener un buen pasar económico, ni el acceso para ser editados, el problema es que los autores que llegan parecen no tener contradicciones de clase ni dudas con los privilegios que les han tocado. Esa grieta que incomoda no está presente, hay una sensibilidad que se escapa o que directamente no existe, por eso les es difícil, por no decir imposible, escribir una obra literaria. A mí como lectora me generan insatisfacción, escriben sobre ellos y para ellos, y están a gusto con eso. Además construyen imaginarios ligados a ese mismo centro, no parecen plantear la posibilidad de salir del/de la capital, con todo el sentido que eso conlleva. Estas características reiterativas aburren, aburren porque la circulación se vuelve endogámica y arma un *loop *de monólogos constantes entre cuatro tipo de personajes, que a la larga se vuelven estereotipados.

Un amigo poeta hablando sobre este tema me dijo que los libros aburridos existen desde siempre, que incluso el *Ulises *de Joyce estuvo rodeado de libros aburridos que ya nadie recuerda. Quizás simplemente ahora hay más libros y por eso me parece que estamos rodeados de aburrimiento. Con otro amigo narrador que conversé me citó al pianista y compositor de jazz, Misha Mengelberg, que decía lo siguiente: “lo que quiero para mis espectadores es que se diviertan, que no entiendan del todo y que se lleven algo a casa”. Creo que aquí está la clave: recibir un texto que no sea llano, que me genere un esfuerzo de entendimiento, que me saque de mi cotidianidad es un hallazgo y es lo que, al fin y al cabo, nunca se olvida y lo que buscamos conservar. Pero, ¿dónde están esos libros ahora?

Creo que entiendo algo del problema

El aburrimiento en estos libros es estético y ético.

Estético porque el lenguaje carece de singularidad, es una escritura con poca exploración formal, las tramas son repetitivas y predecibles, son voces iguales a las que escuchamos todos los días con anécdotas intrascendentes, los narradores duplican un mismo yo que también está aburrido. Estos textos se arman por descripciones que luego explican reflexiones y viceversa, todo está lleno y no hay vacío donde el lector pueda jugar. Es más, da la sensación de que las historias que escriben los autores de estos libros se parecen cada vez más a una serie de Netflix: entregan al usuario narrativas totalmente digeridas y sin ningún hilo librado al pensamiento propio.

Ético porque su lectura me obliga a seguir siendo parte de la misma alienación que vivimos en la contemporaneidad. Textos cuyas historias alimentan al sistema preestablecido, los ricos son ricos y los pobres son pobres, los mundos no se cruzan. Con tramas escandalosamente individualistas y con una intención nula de hacer política con la palabra. No hay una operación, una idea, una fuga en estos libros para salirse de esa alienación, más bien la acompañan: libros alienados en un mundo alienado. Leer para seguir alienándome me parece un poco cruel.

Lo que me aburre, en pocas palabras, es la falta de imaginación.

Ya sé que estoy en deuda

Si hay libros aburridos, ¿de qué tipo son los que no me aburren?

No voy a usar solo el adjetivo divertido como contrario a aburrido. Lo que no me aburre me conmueve, me genera interés, me incomoda, me hace preguntas. Me despierta curiosidad y crea una elección inimaginada. Leer un buen libro es imaginar una posibilidad de vida. Y esa posibilidad de vida surge justamente de vaciarse de uno mismo, de neutralizar el narcisismo tan comercializado en estos días.

Quizás hay que revisitar a los místicos, a los monjes, a los tocados por un deseo extraterrenal para escapar de estos yoes diseñados por lo que pide el contexto de redes sociales: en gran parte las culpables de que se nos niegue la oportunidad de imaginar de verdad. San Francisco de Asís —quien le prestó el nombre a nuestro actual Papa—, por ejemplo, imaginó una nueva vida no solo por el hecho de abandonar su hogar en la ciudad y deshacerse de sus bienes para dedicarse a Dios, sino que también se unió a una vida en la naturaleza y escuchó a los animales, tanto que tenía un lobo amansado, un conejo que no se le separaba y pájaros que acudían con su canto cuando él rezaba. Me gusta pensar estas imágenes como metáforas del grado de escucha que tenía el santo.

La filósofa Vinciane Despret en *Habitar como un pájaro *cuenta una experiencia a partir de la visita de un mirlo. El pájaro cantaba en su ventana y ella al escucharlo notó la efervescencia y contrapuntos de su canto. Decía que lo que escuchaba era “habla, pero en tensión de belleza y donde cada término importaba”. Despret se dio cuenta que el peso del mundo podía descansar en el canto de ese mirlo porque mientras él cantaba ella estaba en silencio y concentrada, ya que lo único que le importaba en ese momento eran las emociones que se le suscitaban a partir del sonido del pájaro. Lo que dice Despret es que después de este encuentro entendió que se podían volver deseables otros modos de atención, es decir, explorar otras escuchas que no tienen que ver con el entendimiento dado o premeditado. En sus términos, que se podía conceder atención y por ende importancia a otras cosas. La búsqueda literaria creo que también debe conducir hacia nuevas búsquedas de atención: ser curiosa con toda forma de comunicación, tener un registro de lo que me aleja de mi cotidianidad y, sobre todo, una actitud imaginaria que puede otorgarle importancia a lo que se nos dé la gana.

Antes de seguir

Me gustaría tratar de definir la imaginación. También el imaginario.

No creo que la imaginación sea únicamente la capacidad de crear mundos distintos o alejados de nuestro presente. Da la casualidad que muchos de esos mundos que se construyen parten de una idea occidental, blanca, patriarcal de lo que es la realidad, y al partir de ahí las posibilidades o medidas de creación se achican y la idea de imaginación se vuelve la trama de algo débil. Imaginar no quiere decir crear un mundo de fantasía o distópico. O no es solamente eso. La imaginación sirve también para proyectar una configuración interna de nosotros mismos, para conocer la realidad, por eso es una herramienta tan potente. Una definición popular de la literatura anuncia que se miente para decir la verdad y es que en la posibilidad de imaginar se definen estructuras de lengua, género, paisaje, economía, entre otras, que ponen en jaque las estructuras hegemónicas. Ahí está su valor.

En El sentido, el sacerdote y teólogo, Adolphe Gesché, titula la quinta parte de su libro “El imaginario como fiesta del sentido”, allí se detiene y habla de la imaginación literaria porque la considera la imaginación más cercana a la teológica. Para Gesché, la Biblia es literatura y ha sido escrita gracias a esa misma imaginación. El teólogo primero analiza de qué está hecho el imaginario y concluye que no está armado de puro presente sino que conlleva toda una tradición hecha de mitos, cuentos y leyendas donde el humano se arraiga, y también toma de la infancia de los que imaginan. Esto quiere decir que nuestra imaginación está atada a un contexto histórico y a nuestra propia historia, no hay imaginación desligada de lo que nos rodea. Dice Gesché: “El imaginario es la vida que remueve en nosotros”. El imaginario funciona como una abertura del mundo, donde entran y salen huellas del pasado digeridas en forma de revelación.

El teólogo destaca a la ficción literaria y asume que ofrece un aire de descubrimiento sin restricciones, un lugar donde yo me invento. La ficción, dice, nos permite descubrir/inventar ya que lo real se encuentra inserto en todos los campos de lo posible y de lo imaginario que nos constituyen. En la ficción todo es posible porque ninguna barrera, especialmente moral, puede poner obstáculo en el despliegue del relato. La literatura de ficción con imaginación no funciona como mímesis del mundo, no funciona para entretenernos ni distraernos, sino que tiene un poder de revelación.

Entonces definiría a la imaginación como “la superficie sin espesor en la que lo visible se solapa o se encabalga con lo invisible y viceversa”; donde el cuerpo y el espíritu encuentran su otro yo. La imaginación es la ventana, hueco, bisagra, donde se superponen unos sobre otros los cuerpos, los mundos, las lenguas. En esa superposición se encierra el misterio de la vida, lo que hacemos al escribir, la acción de revelar alguno de esos enigmas que, por lo tanto, nos abren a la realidad. Cuando escribimos inventamos, pero no inventamos cualquier cosa. Como dijo Roberto Calasso “los dioses no nos han abandonado, son los escritores quienes deben invocarlos”.

No soy la primera que habla del tema

Eso es obvio. Pero quiero releer a dos autores contemporáneos argentinos que han ensayado sobre la imaginación en la actualidad.

Del primero que voy a hablar es César Aira. En “Evasión” (2017), el pringlense parece haber estado conectado con Adolphe Gesché y plantea que la novela es el arte que reúne todas las artes por su falta de imagen y sonido, porque en ese vacío genera realidad. Aira transcribe un largo fragmento de The Black Arrow de Stevenson y llama a este tipo de textos literatura de evasión porque a la vez que presentan una trama ingeniosa generan espacio para entrar sensorialmente a la novela, producen algo divergente de lo que vivimos. Se aqueja por la extinción de este tipo de textos en la literatura contemporánea. El escritor acusa a los novelistas jóvenes de solo ocupar tiempo, hablan de sus propias vidas y las rellenan de acciones, pero no hay espacio porque no son textos escritos con trabajo:

Los novelistas, y esto se acentúa cuanto más jóvenes son, o sea a medida que pasa el tiempo, encuentran cada vez menos motivos para promover un escape, infatuados como están de sus propias vidas, contentos y satisfechos con sus destinos y su lugar en el mundo. Al perder motivo para evadirse, se les hace innecesario el espacio por donde hacerlo, y solo les queda el tiempo, la más deprimente de las categorías mentales.

Esto sucede, dice Aira y también lo dije un poco más arriba, porque quienes escriben las novelas pertenecen a un sector de la sociedad que no desea pensar los conflictos ya que a ellos los toca de una manera muy sútil. El precio que se paga por tener los problemas resueltos “es vivir vidas estereotipadas”. Estas personas con vidas sin grandes cimbronazos no usan ese tiempo libre para crear, inventar, sino que reproducen su vida, se rellena la hoja de forma automática. Para Aira, cuando se trabaja lo que escribimos no hay tiempo para hablar de las miserias personales. Esto también sucede porque el protagonista dejó de ser el lector y ahora es el autor. Aira acusa que no existe más la novela de evasión porque hoy las novelas son de acercamiento; “Una autoestima exagerada desalienta el trabajo y el trabajo era lo que justificaba la novela que no era solo narración de una historia sino la construcción de la escena de una historia”.

Pocos años después, en 2021, I Acevedo publicó el libro de ensayos Algo se mueve, y le dedicó una sección a la imaginación y un poco al pensamiento aireano. Escrito a modo de diario para defender a lo autobiográfico también desde la forma, Acevedo se desplaza en sus días pandémicos reflexionando acerca del poco valor que tiene la imaginación para él y su mundo narrativo. Se siente ofuscado por pensar con imaginación, arguye que no le interesa, dice que después de las crisis del 2001 algunas personas simplemente quieren escribir para dar cuenta del presente. Acevedo pondera escribir “con lo que hay”, considera que es un privilegio tener imaginación. También distingue imaginación y estilo, considera que la imaginación es algo calculado, en cambio el estilo no. Para él, estamos en una época de literatura de ideas, no de imaginación, porque la literatura de ideas no se controla: “Habilita un estilo más cercano a la realidad inmediata de los lectores”. En este contexto de crisis, dice el autor, no se puede correr riesgo en la interpretación, hay que decirlo todo explicitamente. Acevedo afirma una y otra vez que no le interesa imaginar respuestas ni futuros, solo pensar en el presente y en formas de habilitar pensamiento urgente y colectivo. Cito a Acevedo:

El valor específico de un texto, entonces, no se mide por el contenido que une autore logra imaginar, sino por su capacidad de insertarse en el pensamiento colectivo en un sector que no es ni el contenido de lo real ni tampoco contenido de lo imaginario. Cuando una persona que lee recrea lo que está leyendo, no imagina exactamente lo que le autore imaginó, sino que usa el contenido propio para recrear y dar sentido al texto. Al leer, el texto absorbe material que las personas tienen disponible para imaginar algo.

Debo decir que me siento más cercana a la propuesta de Aira porque logra a lo largo de las páginas desenrollar la alfombra de lo imaginario: se dejó de escribir tridimensionalmente, ahora se escribe solo desde una visión temporal, contar por contar. En cambio, I, que seduce con una prosa atractiva de diarista, no logra llegar a un punto pleno, sus argumentos me dejan pensando pero sin embargo no me convencen. No estoy de acuerdo en que los textos imaginativos no habiliten ideas, al contrario creo que son la fuente principal que en lo particular, a mí como lectora me dio la oportunidad de formar mi identidad. También creo que Aira está hablando de escritores de clases sociales acomodadas e I habla de autores y personas rodeadas de emergencias materiales, por lo tanto, no sería el mismo tipo de texto autobiográfico.

I considera a la imaginación en su forma más plana, imaginar solo desde la trama, yo pienso a la imaginación como algo más total, como todo lo que habilita una grieta en lo establecido, y donde se disputan nuevas posibilidades. Por otro lado, creo que habría que repensar el lugar de la imaginación en la crítica a la literatura autobiográfica. En las escrituras del yo hay imaginación y puede estar presente en la voz que elige contarlo, en la estructura del texto, en la forma, en la visión. El problema con estos géneros es permanecer en una linealidad que no construya literatura, sino simplemente relato personal.

La falta de imaginación no es de los escritores

¿O sí?

O no es solo de ellos. O no está promovida por ellos. Hay todo un ecosistema de editores, críticos, libreros, gestores que promueven (o necesitan) un tipo de voz, un tipo de texto que apunta también a un tipo de lector y que construye, con el paso del tiempo, una nueva idea de lo que es LA LITERATURA. Creo que en fragmentos anteriores ya pude delinear a qué tipo de literatura me refiero. Lamentablemente la falta de políticas estatales y las crisis económicas han cambiado el rol de las editoriales independientes como las encargadas de publicar libros con fugas de lo preestablecido. Entonces sus planes editoriales se configuran según textos o autores que saben lo que el público busca o lo que el público entiende como buenos. Ya no son las editoriales independientes las que moldean el gusto de los lectores, sino que parecen ellas atender demasiado sus requerimientos. Y eso no está mal, el problema una vez más es que ese lector que se piensa es homogéneo y se atañe en muchos casos a un tipo de configuración que su clase le ha dado. Es como un pacman literario, para leerse a sí mismo y engordar en ese mismo yo.

No escribo estas líneas para hacer una crítica a las editoriales, creo que es muy noble su trabajo e incluso opino con mucho pudor, pero me pregunto qué podemos hacer para tener un lector más heterogéneo, para llegar a otros, para desconcentrar y que los catálogos vuelvan a tener la fuerza de la sorpresa, lo distinto. Y a esto me refiero en todos los escalafones, ¿cómo podemos lograr la famosa bibliodiversidad en este contexto? Para eso hay que pensar y de manera colectiva, hay que preguntarse si tenemos ganas de hacerlo. Hay formas de romper esta matrix: leer manuscritos de desconocidos, organizar eventos con personas de escrituras diferentes, practicar la audacia de elegir un libro sin recomendación y sobre todo hablar con los trabajadores del mundo del libro, que la mayoría pertenece a un grupo que no podría escribir libros sobre vidas holgadas.

Este trabajo ya se está haciendo en alguna medida, solo hay que fomentarlo. Además, los libros de estos escritores aburridos no son los únicos que tienen éxito, por supuesto, hay excepciones, palabra odiosa si las hay, pero es que el mismo campo las configura de esa manera. Y a las excepciones en general se les abre un camino internacional: la excepción de la escritora travesti, la escritora maestra, el escritor tumbero, la escritora provinciana y más. Al parecer los adjetivos que acompañan el escribir lo vuelven material exótico, y así material vendible, para cuando se quiere leer “algo inventado”, “algo que no tiene que ver conmigo”. El problema es que justamente usan el trauma para comunicar sus libros, por la excepción de su condición (que irónicamente representan mucho más a una mayoría que a una minoría) y en el mismo campo que las ensalza tienen que defender su oficio. En cambio, si la imaginación, la descentralización, el fuera de la/del capital fuese más general las excepciones no serían excepciones sino un libro más, una propuesta literaria, como al fin y al cabo son.

Lo de la literatura con adjetivos no lo inventé yo

No soy una gran lectora de Saer, pero lo poco que leí no me lo olvidé.

En diferentes momentos de mi vida volví a un ensayo muy cortito que escribió en 1980 llamado “Una literatura sin atributos”. Aquí Saer piensa en la literatura latinoamericana y su configuración frente al canon universal. Hace una crítica muy actual sobre todos los condicionamientos extra literarios que influyen en los lectores a la hora de elegir un libro: “El lector cree saber de antemano lo que debe encontrar en un libro –y que lo encuentre o no, no tiene finalmente ninguna importancia. Se podría decir, me parece, que se trata de una maquinación de carácter represivo destinada a abolir la experiencia estética que es un modo radical de libertad”. Como dije antes, no es solamente la falta de imaginación de los escritores, hay toda una maquinaria que acompaña encontrar en el libro una respuesta para un tema de la vida de los lectores de manera literal, o simplemente un “tema” que les interese, no hay una búsqueda por un movimiento interno, inentendible, justamente sin objetivo explícito que es lo que muchas veces hace que nos gusten las cosas, un misterio que se nos crea adentro y mantiene la llama prendida algunas veces por muchos años.

En este ensayo, había tomado la decisión de no referir directamente a la obra literaria de escritores contemporáneos ni para halagar ni para criticar, pero se me hace imposible por un mero gesto de picardía, evitar hablar de Marina Closs, quien justamente escribió una polémica nota sobre Saer. Me parece que a pesar de sus críticas, Closs encarna el tipo de escritor sin atributos del que hablaba el autor santafesino. Sabemos poco de ella, no está en redes sociales, ni participa del ambiente literario, quizás su mayor marca sea también geográfica: es misionera (aunque hace muchos años no vive allí). Por suerte, eso no es lo importante. Closs tiene una obra prolífica a pesar de su juventud donde con mayor o menor eficacia imagina desde el lenguaje y desde la historia: mundos de jesuitas de otro siglo, peluqueras transgénero, diablos, masajistas chinas, la vida de Jesús, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, prostitutas, serenos que cuidan propiedades y tienen miedo. El imaginario de Closs se expande y lejos de hacer una literatura costumbrista toma lo que escuchó, olió, sintió en su lugar de origen y lo desarma hasta hacer algo nuevo. En sus libros el poder es móvil y habla de quien nunca hemos escuchado palabra. Marina Closs imagina.

Valoro a cualquier escritor que tome riesgos, que no piense en si será algo difícil para el lector, escritores que escriben por escribir no por publicar y adaptan su obra a ese futuro. Creo que hay que volver a poner el verbo escribir al frente y usarlo en presente en continuo. Por suerte, puedo decir que Marina Closs está escribiendo y que en palabras de Saer “en un mundo gobernado por la planificación paranoica”, ella es una de las escritoras “guardianas de lo posible”.

Entonces, ¿dónde está la imaginación?

Lejos de la Capital y del capital.

Lejos también de las luchas prehistóricas de unitarios vs. federales, esta falta de imaginación no tiene que ver con el lugar de nacimiento, sino con una falta de movimiento. Literatura escrita con perspectiva para-desde-por-encima-sobre Buenos Aires, que es donde se concentra lo material, quedamos fuera los que miramos para otro lado. Quedan afuera los lectores descentrados. Hace poco en mi Instagram compartí una foto de El río de las congojas, de Libertad Demitrópulos, novela que estuvo mucho tiempo descatalogada y que desde hace unos años viene siendo reconocida y puesta dentro del canon de grandes novelas argentinas. El libro trata sobre la fundación de Santa Fe, donde sus narradores son mestizos, con toda una propuesta imaginativa que busca dar vuelta el lugar de los marginados. Un libro político, con ideas. La mayoría de mis seguidores me respondía con emojis de aplauso y emoción, hasta que una escritora que publica libros de las características aburridas que nombré a lo largo del ensayo me respondió que nunca había podido pasar la primera página porque no entendía. Cuando dijo eso se me develó algo, no entienden porque es demasiado esfuerzo escuchar a otro que no habla como ellos, no escriben otra cosa porque es incómodo y pone en jaque su propia vida, porque aunque en la mayoría de estos libros se hable de los malos momentos que pasaron sus autores, ellos mismos siguen teniendo un lugar hegemónico y entonces no entienden un idioma de otra clase, idioma que no sea del capital. Me asustó y me puse mal, ¿cómo llegamos a esto? También pensé en frases que pululan en internet: “no le pidamos tanto a los libros y a los escritores”. ¿Por qué? Es arte, nadie te pide hacerlo, ¿por qué harías algo que no signifique nada más que un mimo al ego? ¿Y por qué yo debería leerlo?

Hace poco estaba en Tucumán con un amigo que también vive en Buenos Aires y después de caminar varios minutos por el centro tucumano me dijo “Qué bueno al fin descansar de estar a la defensiva”. La famosa “viveza criolla” que a veces hay que tener para vivir en Buenos Aires (como en cualquier otra capital), así como para ser publicado —no para escribir— es agotadora. Y es que estar expuesto a un ambiente hostil, con tantos desconocidos, moverse en grandes distancias y con diversidad de horarios, requiere un nivel de atención externo y focalizado que achica nuestro mundo, en lugar de agrandarlo, aunque vivamos en una ciudad cosmopolita. Nos acostumbra la mirada a realidades perjudicadas que pasan a nuestro lado como si fueran parte del paisaje. La tarea del escritor es conceder atención, como citaba al comienzo a Despret. La ciudad por su propia estructura ultra capitalista atenta contra esa atención lenta y desarmada. Flannery O Connor decía también que para ser escritor de ficción había que mirar de verdad sobre todas las cosas, si no “el ojo se deslizará sobre sus palabras mientras nuestra atención se va a dormir”. No era tan erróneo entonces mi cansancio con ciertas lecturas.

O’Connor parece preponderar más la mirada, pero creo que a lo que ella se refiere como mirada es a esta atención al mundo. Mirar también puede ser escuchar, básicamente darle importancia a lo rugoso: “Uno aprehende las costumbres de la textura de la existencia que nos rodea”. Esta literatura que me aburre, toda lavada, parece haber alisado esa textura, asistimos a las mismas habitaciones de paredes blancas con una voz en off neutra. Apunta a un lector y escritor homogéneos, que no se quieren encontrar con mundos distintos a los de ellos.

Por eso, en parte, pienso que la literatura que no me aburre es una literatura descentrada y no solo porque sea un autor que escribe narraciones con grietas, sino porque también hace ese esfuerzo en su mirada, un esfuerzo por develar un misterio, un esfuerzo por no entender y que ese no entendimiento perviva. Repito, ¿por qué quisiera leer si las lecturas me alienan? Quiero que la lectura me habilite una posibilidad de vida, una curiosidad por lo que veo y no llego a ver. La actividad de la lectura es ociosa y no me permite hacer nada más al mismo tiempo, es anacrónica y antisistema, no quiero regalar más ese acto que aún nos queda a textos que generan temas, discursos, relatos a favor del capital y en detrimento a la imaginación. Quiero leer textos con inventiva porque me ayudan a inventar también, me acompañan a la evasión del mundo y me dan la montura para cabalgar sobre la realidad, y también pensar cómo puedo cambiarla.

Una vez le preguntaron a Alberto Laiseca para qué servía el arte, él respondió “Para que funcione lo otro. La imaginación es el motor”. Y sí, pero además LA IMAGINACIÓN ES LO OTRO, por eso no puede desaparecer. Escribí este ensayo para preguntarme dónde está ese otro y para que lo sigamos buscando, para que los lectores sigamos leyendo hasta encontrarlo y para que los escritores lo imaginen con todas sus fuerzas.


Sofía de la Vega (1993)** **nació en San Miguel de Tucumán. Es Profesora de Letras (UNT) y Becaria Doctoral Conicet. Obtuvo la beca Pulgrant de la Firestone Library en 2022. Ganó el premio Todos los tiempos el tiempo, de Fundación Proa, en 2024. Realiza una Especialización en Culturas del Noroeste Argentino en la UNT. Es organizadora del Festival Internacional de Literatura de Tucumán (FILT) desde 2015. Sus textos salen en diversas antologías y revistas. Publicó tres libros de poesía: Blancas y plateadas (Ediciones Neutrinos) en 2018, Los ángeles son vacas (NEBLIPLATEADA) en 2025, y en España La idea es vivir cerca pero no encima (Ediciones Liliputienses) en 2019. Recientemente publicó su primer libro de cuentos: De los potrillos nacen ríos (Alfaguara).


Referencias bibliográficas

El ruido y la furia, de William Faulkner

Algo se mueve, de I Acevedo

Evasión y otros ensayos, de César Aira

El vizconde demediado, de Italo Calvino

“Bienvenida a Saer”, de Marina Closs

Habitar como pájaros, de Vinciane Despret

El sentido, de Adolphe Gesché

“El arte del cuento”, de Flannery O Connor

“Una literatura sin atributos”, de Juan José Saer

El río de las congojas, de Libertad Demitrópulos