El cine de los chads
Normal Kids gozó de un gran estreno en la edición 27 del BAFICI. El cortometraje sirvió de coronación para una tanda que (extrañamente, considerando lo que suelen ser estas secciones en los festivales) ya venía siendo bastante buena o, al menos, correcta. Los cortometrajes de la Competencia Argentina dieron cuenta de un buen número de directores y directoras en sus veintis que estrenaron su primer o segundo cortometraje. Normal Kids, dirigido por la joven dupla de Juanma Ozan y Valentin Wein, es uno de estos casos.
La película retrata a dos amigos, compañeritos de escuela primaria. Teo (Teo Colella) y Maiky (Rio Cabral) funcionan como una dupla cómica y revoltosa que pasa los días entre las clases y los recreos de su escuela, unos días antes del show de fin de año en el que ambos participan como parte de un coro que canta temas de Los Beatles. Maiky es el encargado de hacer las travesuras mientras Teo se lleva, una y otra vez, las reprimendas de lo hecho por su amigo. Esto provoca un desencuentro entre ambos que termina por separarlos. Al final, por esa bendita propensión al perdón que tiene la amistad, los amigos se arreglan.
Varios de los cortos de la función de Normal Kids seguían una idea de género bastante precisa: el coming of age. Cortos como Steve Buscemi (Lopatín y Vogelfang) y El Estirón (Montini, quien también ganó una mención especial del jurado de la competencia) podrían pensarse dentro de este género que también goza de una sección fuera de competencia bajo el mismo título. Sin embargo, sería un error inscribir a Normal Kids dentro de este corpus. Mientras que la entrada del personaje que interpreta Vogelfang a la adultez en Steve Buscemi y la salida de la infancia del personaje de Francisco en El Estirón representan algún tipo de duelo, la niñez de los Normal Kids parece ser un lugar en donde quedarse. De hecho, los adultos de la película no son más que un puñado de graciosos idiotas, más caprichosos, inmaduros e inestables que los propios chicos. La infancia no aparece cómo un problema sino como una lógica que atraviesa al comportamiento de todos los personajes de la película.
Esto no exime a Normal Kids de pertenecer a un género cinematográfico. Pero más adecuado que calificarlo como un coming of age sería inscribirlo dentro de las buddy films, ese subgénero de las comedias estadounidenses generalmente protagonizadas por Ben Stiller, Owen Wilson, Vince Vaughn o Will Ferrel, en las que dos amigos se quieren mucho, establecen un lenguaje en común, se pelean, se separan, se reencuentran y se vuelven a querer. El género como manera de estructurar las películas, como demuestran la mayoría de cortometrajes en competencia argentina, parece ser un volantazo que los cineastas vienen tomando para diferenciarse del modelo del ya viejo Nuevo Cine Argentino, hace años en decadencia pero aún así un punto de referencia para las películas contemporáneas.
Y es que puede resultar interesante leer a Normal Kids en clave de lo que fue el NCA de los 90. La película de Wein y Ozan no podría ser más distinta de esas famosas películas protagonizadas por los personajes-zombies del NCA, abúlicos y lobotomizados, que vagabundeaban por la ciudad con remeritas de Morrissey lamentando lo monótono de su vida pequeño burguesa. De todas maneras, podríamos entender a la producción de Normal Kids como consecuencia de un sistema análogo al que dio origen a esas películas del NCA. Y podríamos llamar a ese proceso el de la apertura de importaciones de estilos cinematográficos.
Es apenas una coincidencia, pero no deja de ser gracioso que tanto con el menemato como ahora, bajo el gobierno de los Milei, la apertura indiscriminada de importaciones trajo consigo también la importación de ciertos “estilos cinematográficos” que gozaban de una buena posición dentro de la cinematografía mundial. Uno podría pensar en las películas de zombies del NCA, con su estilo de actuación deadpan, sus personajes alienados que habitan la pantalla a través de encuadres fijos y planos de larga duración, como una importación de un estilo que venían desarrollando autores como Jarmusch, Kaurismäki o Tsai Ming-Liang y que ya por ese entonces era laureado en festivales internacionales.
En el caso de Normal Kids, el proceso es similar, aunque la referencia que orienta a la puesta en escena de la película no podría encontrarse más en las antípodas de las de aquel movimiento. El cortometraje, filmado con lentes teleobjetivos y cámara en mano, ávido en primerísimos primeros planos, de un montaje vertiginoso con muchos cortes, toma por propio el estilo de las películas de los hermanos Safdie y lo lleva a la pantalla casi sin mediación. Normal Kids es una típica buddy film masculina y escolar al estilo de Superbad, solo si Superbad estuviese firmada a la Safdie. Esta adaptación no está velada, ni tiene los retruécanos que podrían adosársele a las producciones de los 90 de, pongamosle, Rejtman1. La adaptación frontal aparece como un orgullo. Tanto es así que el cortometraje está producido por Después de hora2, que también produjo Tiempo de pagar, de Felipe Wein, y la promocionó “robándole” el póster a Marty Supreme3 y modificando su contenido con la ayuda de la IA.
Lo curioso del caso Normal Kids es que esta adaptación no se plantea los problemas de cómo importar un estilo para hacerlo funcionar en la Argentina4. Wein y Ozan no pierden el tiempo en esas chiquiteces. Normal Kids es una película argentina que sucede en el país del cine. Y el país del cine son los Estados Unidos de América. En la película los nenes no se llaman Juan, Pablito o Mati, sino que se llaman Maiky y Coper. La escuela tiene un coro donde cantan temas de Los Beatles y al final hay un show de talentos en un escenario, igual que en las películas de lockers5 yankees. Sin ir más lejos, el título no es Chicos normales. Teo y Mikey son los fucking Normal Kids. Revirtiendo la vieja máxima godardiana, si los franceses de los 60 eran los hijos de Marx y Coca-Cola, en la película de Wein y Ozan parecen haber quedado solamente los hijos de Coca-Cola6.
Esta nota podría leerse en la clave memética del virgin vs el chad, donde un Wojack irritado de anteojos y pelo feo7 le grita a un hombre de quijada y anteojos de sol.
Más interesante que este debate ficticio me parece intentar dilucidar qué nuevas corrientes puede traerle al cine argentino esta renovación de referentes, estas nuevas adaptaciones que inauguran cineastas como Wein y Ozan. Por lo pronto, lejos del deadpan y la actuación controlada, Normal Kids muestra personajes desbordados, excesivos, me animaría a decir, inolvidables. Los personajes villanescos de Esteban Menis y Carol Furmanski, el forrito canchero de Ringo, el nenito de mamá de Coper, la dupla revoltosa de Teo y Mikey (Sí, los fucking Normal Kids) desbordan el plano con su carisma. La decisión de los directores de privilegiar los planos cerrados a sus personajes por sobre los planos generales o de establecimiento, que producirían un mayor entendimiento del espacio, no hace más que acentuar la virtud de esas actuaciones. No importa entender espacialmente qué tan cerca está la docente de descubrir que Teo está viendo pornografia en la clase de computación. El ritmo del montaje y el rostro preciso de la actuación de Colella van a contestar la pregunta por su cuenta. Toda esta combinación de factores provoca algo que hace tiempo no se escuchaba, al menos en las competencias de cortometrajes de festivales como el BAFICI: el regreso de la carcajada a la sala de cine.
La gran victoria de Normal Kids reside allí: esa sensación de indeterminación del espacio, esa insistencia con la lógica caprichosa de la niñez, ese cúmulo de personajes desbordados, sumado a esa puesta en escena safdieana y algún que otro ribete de guión propio de las cringe-comedies como The Office o (a propósito de Menis) Eléctrica, termina por devolvernos una imagen tan frenética y corrida de la infancia que, lejos de la sensibilidad indie o nostálgica del típico coming of age, desde su total irresponsabilidad, deviene hilarante. Y radicalmente contemporánea.
Theo Fernández (1998, Buenos Aires) es docente, guionista, director y actor. Dirigió cuatro cortometrajes: Cortocircuito (2022), Avenida Corrientes (2024), Avenida Triunvirato (2025) e Hipótesis sobre mis dos huevos (Competencia oficial en BAFICI 27, 2026). Escribió la obra de teatro Informe sobre Nadie. Es autor del #1 de Los años 20.
Podríamos tomar a Rejtman como la pieza clave, tal vez el primero en importar ese estilo cinematográfico a la Argentina, que luego sería tomado por muchos otros (Lerman, Acuña, Villegas, Moscoso). Claro que Rejtman, más a partir de Silva Prieto y Los guantes mágicos (que incluye el tema de la importación como tema) logra conformar un estilo propio que trasciende al de la “refe” o al menos inaugura una impronta personal a partir de ella.
Traducción literal de la película de Scorsese After Hours, película a la que Tiempo de pagar adapta a su manera, también con un estilo muy Safdie, aunque más parecido al que los hermanos inauguran después de Good Time y no tanto en su etapa mumblecore. Lo curioso es que la película protagonizada por Pattinson que da inicio a la deriva industrial de los hermanos, al igual que la película de Wein, está marcadamente influenciada por el cine de Scorsese.
https://www.instagram.com/p/DUT3EWYkTpX/
Contraria a lo que sucede, para poner un ejemplo obvio, en Favio cuando toma el Western para hacer su Juan Moreira.
Mis disculpas a la Academia. Películas de lockers es el término en que utilizan el influencer Navaja Crimen y el comediante Guille Aquino para referirse a las películas cuyo escenario principal es una escuela de Estados Unidos en su no tan genial programa “Esto es cine”.
Esta idea, aunque de forma fatalista, también aparece tematizada en otra película de la Competencia Argentina, Los Nadadores, ópera prima de Sol Iglesias SK, otra cineasta en sus veintis.
Algo que, por otra parte, podría ser una descripción atinada de mi persona.