Milagros Porta

El descuido retórico

El descuido retórico

Hace unas semanas Rodrigo Cañete publicó en su blog una crítica extensa y reiterativa de una novela que en ese entonces no estaba publicada: El contrabando ejemplar, de Pablo Maurette. En “Con el Premio Herralde para el Argentino Pablo Maurette, la Argentina encontró por fin su espejo ideal: un libro que la absuelve mientras la convierte en mercancía”, Cañete le adjudica a la novela de Maurette una combinación de exotismo, moralidad postmodernista y globalismo institucionalizado, que vendrían a neutralizar su potencial político y la volverían inteligente pero inofensiva. Sin incluir citas del texto ni glosar pasajes particulares, Cañete refere

ncia recortes de las distintas gacetillas de prensa para plantear una discusión (en principio razonable y válida) sobre el estado de la crítica, que queda sin embargo opacada por el hecho de que para una novela inédita no hay reseña justa. La polémica no tardó en llegar. Primero con reserva, después con más ímpetu, los usuarios de redes sociales acusaron una escritura en coautoría con la inteligencia artificial.

Cañete no desmintió las acusaciones. Por el contrario, salió a decir que hace falta alimentar correctamente a la IA para que produzca textos con suficiente densidad teórica. “Si quiero les organizo un curso pero les va a durar por lo menos un año”, escribió en X. “ChatGPT es un buscador y un corrector. No reemplaza lo básico. Sigan leyendo, se los ruego”.

Algunos lectores insistieron en defender a Cañete de las sospechas que él mismo había confirmado. Como si usar IA fuera un crimen que él no cometería nunca. Otros directamente dudaron de que la participación de la máquina tuviera algún interés en absoluto. Pablo Díaz Marenghi escribió enPolvo que semejantes acusaciones eran falacias ad hominem, y sostuvo que el eventual engaño no le quitaría “valor de verdad, astucia, peso y valentía al texto”. Algo similar dijo Hernán Vanoli: que el texto era bueno, estuviera escrito con IA o no, en tanto detecta una serie de verdades. Para los segundos escribo este texto. Para los primeros, conviene ir hacia atrás en el archivo, así pasamos del terreno de la especulación al de la seguridad. Poco tiempo antes, durante octubre, Cañete había publicado en su blog dos transcripciones de charlas con ChatGPT donde se autodenominaba un optimista de la IA. No sin cierta suspicacia, desde luego: en una de las charlas se burlaba de su interlocutora, la chicaneaba diciéndole “agente del halago y el orden” y sostenía que la conversación humano-máquina solo podía ser un forcejeo. La segunda transcripción tomaba la forma de un manifiesto y terminaba con un programa de escritura promisorio: “No hay dios ni contrato que organice esta escena. Hay una voz humana y una voz sintética explorando su límite. De esa grieta nace una posibilidad: la de que pensar siga siendo un acto erótico, no una función administrativa”.

Como buena parte de los cibernautas, soy usuaria frecuente de la IA. La utilizo como un buscador, le pido que resuelva cálculos y practico italiano con ella. Conozco a más de un artista dedicado a investigarla, y no creo que *a priori *haya un problema en eso. Aunque hay motivos de sobra para la sospecha, no tiene ningún interés hacer apología del pasado o llorar la inocencia perdida; es más interesante preguntarse cómo el nuevo escenario pone en problemas nuestras ideas todavía románticas de la imaginación y la creatividad. Como dice Dante Sabatto en “Contra el humanismo”:

Se dice que la creatividad es algo intrínsecamente humano, pero sólo bajo la condición de definirla como algo inefable, que sólo es valioso en un sentido tautológico (…) la reivindicación de una supuesta cognición humana inconmensurable al devenir algorítmico es sólo un premio consuelo ante la comprobación originaria de que una IA puede hacer cosas que nos están completamente vedadas (…).

Hechas las aclaraciones pertinentes, me gustaría ponerle palabras al efecto uncanny valley que me suscita la prosa de Cañete. Y me refiero en particular a su prosa actual, distinta a la que caracterizaba las actualizaciones que hacía en su blog loveartnotpeople desde 2012 con una regularidad apabullante (salvo por un período de tiempo en el que estuvo caído). El valle encantado o uncanny valley es esa zona específica del espectro entre lo humano y lo artificial donde un robot o una máquina se parecen demasiado a una persona, pero no lo suficiente como para llevar al equívoco. Se presume que lo casi humano produce incomodidad y repulsión en el observador. En la nota de Cañete hay una textura robotizada, incluso diría lobotomizada, que produce un efecto del orden de lo siniestro en la colaboración escritor-máquina donde, si hay una voz enunciativa elaborando una serie de ideas, se parece demasiado a la de los patrones algorítmicos. Alcanza con rastrear algunos giros repetidos hasta el hartazgo. La estructura convertir esto en aquello, ya presente en el título, aparece 18 veces en el cuerpo de la nota. “La nación deja de ser campo de disputa para convertirse en marca estilística”. “El autor logra convertir lo local en mercancía global”. “Es la misma estrategia que convirtió a Roberto Bolaño en fetiche internacional”.

El efecto de extrañamiento no buscado que producen las escrituras predictivas, estadísticas, de la IA, hacen que el lector devenga paranoico. Una vez que la viste, no podés dejar de verla. Una nota reciente de Sam Kriss es elocuente al respecto:

Palabras completamente ordinarias, como ‘tapiz’, que han descrito de manera inocente un tipo de alfombra vertical por más de 500 años, me ponen tenso de inmediato. Puedo escalar al punto de la furia con cualquier frase que siga el patrón ‘no es X: es Y’, incluso si esta construcción del todo común aparece en cuerpos de literatura tan bien recibidos en general como la Biblia y Shakespeare. Pero lo que sea que estos pequeños giros del lenguaje solían significar, ya no significan más lo mismo.

Sam Kriss releva cómo el patrón mencionado (“no es esto: es aquello”) aparece nada casualmente en comunicados de Donald Trump, Kamala Harris y Joe Biden, y también de empresas como Starbucks. A la lista se suma de buena gana Cañete. Una colección de sintagmas: “El contrabando ejemplar no incomoda: confirma”. “Su novela no describe el contrabando: lo ejecuta”. “Lo indígena no habla: maldice. No funda: contamina”. “La paramnesia de la que habla Maurette no es solo un motivo narrativo; es la patología del propio sistema literario”. “En Maurette, en cambio, la pérdida es estética: no duele, se cita”.

Una crítica es un texto que disputa el estatuto literario del objeto que analiza. En ese sentido, el descuido de la prosa va en desmedro de la argumentación; si las decisiones formales son el contenido semántico, entonces el descuido es retórico y es significante. Este año se editó un libro hermoso de Carlo Ginzburg, Una historia sin final, donde hay una defensa del estilo literario como instrumento cognoscitivo. Ginzburg analiza el caso del historiador Roberto Longhi: famoso por su estilo, había empleado solo cuatro palabras para describir la obra de Bastianino (“titanes cenicientos y nebulosos”). Treinta y cinco años después, Phillip Pouncey, que había leído esa écfrasis mínima, se acordó de ella cuando vio un dibujo hasta entonces desconocido de Bastianino, una “visión poética poblada de ‘titani cinerei e nebbiosi‘”. Gracias a la imagen literaria de los titanes cenicientos Pouncey atribuyó con éxito el dibujo anónimo al pintor manierista. La escritura *es *la manera de conocer, y una escritura altamente binaria va a hacer uso de una epistemología consecuente.

Volviendo a Cañete, hay algo en la repetición indiscriminada de unos pocos patrones que genera malestar en la lectura: la tendencia al razonamiento binario se manifiesta en el exceso de estructuras contrastivas, conjunciones adversativas y predicativos de transformación. No es difícil ver que una escritura organizada de este modo es más propensa a cerrar sentidos, reducir las ambigüedades y resolver en lugar de cuestionar. En su elaboración algorítmica, la escritura de la IA tiende a volver su objeto menos específico y más exagerado. ¿No atenta esa combinación de generalidad e hipérbole con la función de la crítica? ¿No se supone que una exégesis lúcida y una écfrasis precisa deberían ser lo más específicas y objetivas que sea posible?

La escritura de la inteligencia artificial generativa no se va a ir a ningún lado y vamos a tener que decidir si escribimos con o contra ella. Por el momento muchas de sus muecas *abaratan *la factura de un texto en tanto dan cuenta de un descuido: por la reiteración, por la cadencia chata, por el paralelismo sintáctico extremo. No hace falta decir que lo mismo pasa con las imágenes; ni hablar de los videos. Hay una sensación de fraude, propia del quiebre de un pacto de lectura con lo que miramos, escuchamos y leemos, que se volvió experiencia cotidiana. Sobra decir que ese pacto ya estaba mutilado: desconfiamos de las imágenes desde hace décadas. Acaso el rol de la inteligencia artificial en ese escenario sea llevar al paroxismo la estandarización de nuestra experiencia en internet, donde las palabras y las imágenes se parecen cada vez más entre sí.

Desde esta clave de lectura, es de una ironía dolorosa que Cañete escriba que “El castellano de El contrabando ejemplar suena limpio, neutral, casi sin modismos: un idioma desterritorializado, calibrado para circular sin fricción”. Se sabe que la inteligencia artificial busca escribir bien. Semejante objetivo debería inducir sospecha; me recuerda a la acusación de Damián Tabarovsky en su ya clásico *Literatura de izquierda *a los jóvenes serios, por el conservadurismo que implicaba su recuperación de “la literatura entendida como belles lettres”. Pero conviene seguir adelante. En su objetivo de escribir bien, la IA valora la apariencia de objetividad y trata de disfrazar su discurso con ribetes de sofisticación. Sam Kriss comenta en su nota el caso del verbo “delve”: se cree que la IA lo utiliza en exceso porque en Nigeria, donde parece que es más común hablar en un registro elevado, la palabra no es inusual. “[las IA] están entrenadas esencialmente en la internet entera, lo que significa que algunos usos regionales se vuelven generalizados (…) algunas cosas que parecen comportamiento robótico podrían de hecho ser solo otra cultura refractada a través de la máquina. Y es muy probable que la IA haya sido capturada traficando prácticas culturales en lugares a los que no pertenecen”. Una de las hipótesis principales del texto de Cañete acusa el globalismo de la novela de Maurette, que vendría a ser un producto curado para el mercado internacional, donde la cultura argentina sería una lengua muerta. ¿Pero qué hay más globalizado que la lengua sin orillas de la IA, una mixtura de usos regionales no motivada por cruces productivos y situados (como el caso del portunhol selvagem) sino tan solo por una lógica estadística alimentada por la vastedad inocua del internet muerto1?

De una crítica sobre un libro no publicado solo se puede escribir sobre el estilo. Y escribir sobre el estilo de una crítica es una manera de escribir sobre sus argumentos. Una crítica a la que se le podrían clavar los mismos dardos que dispara insidiosa y reiteradamente se desautoriza a sí misma. En el estado penoso en el que se encuentra la crítica cultural contemporánea, como bien señala Cañete, estamos en condiciones de exigir un poco más a quien le quepa el sayo.

Este texto sería mucho más pobre sin la lectura de ChatGPT… chiste, de Álvaro Bretal y de Valentín Luvini.


Milagros Porta nació en Buenos Aires en 2002. Estudia la Licenciatura en Artes de la Escritura (UNA). Es editora en Taipei. Fue seleccionada en dos ocasiones por la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires, en las categorías de relato breve y novela. En 2022 publicó el libro de cuentos Aguamala (Hexágono Editoras) e integró las antologías de narradores jóvenes Los amigos difíciles (Nomen Nescio) y Tan diversa (Mardulce). En 2023 coeditó el libro Mumblecore. Exploraciones sobre el cine independiente norteamericano (Taipei Libros).

Su texto “Una defensa del mamotreto” formó parte del #1 de Los años 20.

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La dead internet theory es una teoría conspirativa nacida en 4chan —un sitio web anónimo del que se apoderaron los incels de extrema derecha— y popularizada a comienzos de la década corriente, según la cual todo lo que vemos en internet es en realidad contenido generado por inteligencia artificial. Desde ya que es fácil desmentirla, pero el pánico que la alimenta tiene una relación indudable con la experiencia cibernética contemporánea.