El sonido de lo horizontal. Los ritmos de Rey Bichito
Rey Bichito es una banda formada en algún momento de los últimos cien mil años, aproximadamente. Entenderlos, poder analizarlos en un nivel profundo, requeriría conocimientos de psicogeografía, gnoseología hermética, biomecánica y alquimia. Pero nada de esto es realmente necesario si se puede bailar. Cuando toca Rey Bichito, saber es saborear.
Intentemos, sin embargo, aprehenderlos. Samples en vivo, guitarras en plural, un sintetizador, batería y drum machine, un saxo, dos palabras: Rey Bichito. El diminutivo achica de más al monarca, unifica la expansión titánica de la realeza con el dominio microscópico de los insectos. Nueve músicos, tres vocalistas, tres discos pero cinco años entre los últimos dos: en la pandemia no sonaron. Es música de copresencia, de corporalidad compartida. La distancia no la disuelve pero tampoco la deja crecer ni seguir inventándose.
Alguien podría sospechar, escuchándolos, que esa lógica de la presencialidad surge de una estrategia de improvisación, que es ahí donde radica la invención permanente de su música. La improvisación exige una forma de atención que sólo aparece cuando hay cuerpos activos funcionando unos cerca de otros. Quizás parezca que las palabras de sus canciones están elegidas por mera sonoridad. No es así. Rey Bichito trata la sonoridad de las palabras con el mismo desdén que su sentido. No cree que la musicalidad guarde un significado trascendente, un sentido más allá del sentido. Esta es la clave: Rey Bichito trata todo por igual. Es el sonido de lo horizontal.
No sólo se trata por igual a todos los géneros, y una cumbia puede dar lugar a un funk, a una balada lenta, a un pop electrónico. No sólo se trata por igual a todas las palabras, y “pingüino” convive con “push it” y con ¿“Joggini”?. No sólo se trata por igual a todos los instrumentos, los sonidos, las armonías. Además se trata por igual a una palabra y un ritmo, a un saxofón y una metáfora. Rey Bichito inaugura una democracia para todas las cosas. Por eso esa sensación de presencialidad: se trata de poner los sonidos en estado asambleario.
Esa igualación total deshace la temporalidad, el régimen del tiempo, sus reglas, sus bordes. Rey Bichito se abre a otra cosa. No se trata de “esperar lo inesperado” sino de “no esperar lo esperado”. Se exige un compromiso activo, en tiempo presente, con la música. En la canción “Caracol”, nada prepara al oyente para el acelere del primer breakdown (“tu cara no está, tu cara se parece”); ni las onomatopeyas en inglés ni la lap steel abren el camino para la modulación de la parte siguiente, en la que milagrosamente la canción encuentra un estribillo.
Foucault escribió Las Palabras y las Cosas “desde la risa que sacude todo”: la risa inspirada por un cuento de Borges. Este texto también nace de una carcajada, inspirada por el grito que se entromete en la canción “Príncipe de Cera”, entre los “ooh ooh-ooh” y el “sha-la-la”, convirtiendo lo que podría ser un efecto especial en un componente rítmico de la canción. No sólo es brillante porque es un delirio, sino también porque invita a preguntarnos qué son, qué hacen los elementos retro de las canciones de Rey Bichito.
Porque están ahí, todo el tiempo. Pero no hay nostalgia. Rey Bichito se inscribe en una larga tradición, quizás nacida en los 70, y cuyos máximos exponentes hoy son Magdalena Bay y Geordie Greep. Es una metatradición: es la tradición de quienes usan, de una forma específica, lo tradicional. Son pocos, pero existen, aquellos que pueden recoger elementos diversos de la historia sónica y hacerlos funcionar sin colapsar el presente en el pasado. Se podría pensar esto como un intento por desplazar el locus de la revolución musical, que parece solo ubicable en la electrónica. Rey Bichito se corre de ahí, pero sin electrofobia: lo demuestra el magistral uso de autotune en “Escupiendo la Casa”.
Esos elementos retro son otro componente de la horizontalidad radical de los sonidos: el *ethos *de Rey Bichito. Lo mismo ocurre con la pluralidad de voces. ¿Cuántas hay? Son incontables, porque la voz es la identidad sonora de lo humano y acá esa identidad se multiplica hasta el infinito.
¿Cómo hacen? ¿Cómo hacen para mantener la coherencia en el hipercaos que implica esa horizontalidad sin horizonte? ¿Cómo hacen para mantener la cordura en esa temporalidad absurda donde el pasado convive con el futuro? Por ese compromiso, esa fe en algo. Si tuviera que decir en qué cree Rey Bichito, yo diría que en el ritmo.
¿Qué es el ritmo? Es la erótica del tiempo. El tiempo no existe por sí sólo: emerge de las cosas. Es un síntoma, dice la cantautora Joanna Newsom. Por eso Rey Bichito quiere poner en contacto más y más cosas: objetos, sonidos, imágenes, melodías, cuerpos. Hay que hacer que se toquen a través de la música, ponerlos a frotarse y apretarse, para que surja de ellos un tiempo distinto.
Estoy convencido de que sus canciones siguen cambiando. En cada escucha hay algo nuevo. Debe haber una fórmula secreta en la composición, en la producción, en la mezcla, en la grabación, algo que les permite a las canciones seguir transformándose interiormente, fractalmente, una vez terminadas. Las cosas entran en fricción hasta que implosionan: es el estallido de la invención.
La experimentación sonora funciona así: dentro de la línea recta del tiempo hay un gen mutante, un núcleo de pura potencia de transformación. Las canciones de Rey Bichito son largas: se quedan mucho tiempo, se extienden, no se quieren terminar. Siguen: alguna de las partes que ya sonaron se atreve a volver a mostrarse, o se inaugura una nueva velocidad. Es que quieren seguir mutando. Qué lindo que es vivir de este modo.
Por eso Rey Bichito le regala tanto tiempo a sus canciones: deben seguir para no estabilizarse en un final, seguir operando más lejos de sí mismas. La imaginación es una capacidad de entrar en contacto con algo exterior. Más, más, más: un ensamblaje, un mamotreto. La banda se hace cargo de ese gen mutante que es el ritmo para apurar la llegada de algo que está afuera. Hay que poner todo a vibrar, para que en el espacio vacante entre las moléculas se pueda colar el placer.
Ese espacio es una fiesta.
Dante Sabatto (1997) es sociólogo y ensayista. Escribe sobre música, cultura digital y pensamiento contemporáneo, e investiga acerca de las formas de la imaginación política y estética en el siglo XXI. Es editor de Revista Urbe.