Manuel Cantón

Entre la pampa y el sanatorio. Apuntes sobre Historias Extraordinarias.

Entre la pampa y el sanatorio. Apuntes sobre Historias Extraordinarias.

0. Vi *Historias extraordinarias *por primera vez en agosto de 2021. Reproduje, en mi notebook de diecisiete pulgadas, una copia en muy baja calidad que encontré en YouTube. Interrumpí la película por lo menos en cuatro momentos —en sus dos intervalos, y alguna vez más— y cené entre los capítulos doce y trece, creo que pastel de papas.

Vi Historias extraordinarias por segunda vez en agosto de 2025. Estuve, durante cuatro horas y monedas, en una sala llena del Malba donde se proyectó una versión restaurada de la película. Tomé dos botellas de agua —que recargué durante el primer intervalo— y comí ruidosamente una bolsa de maní con chocolate que había traficado en mi mochila.

Aclaro esto porque una película no es solo una película, sino también un momento; porque *Historias extraordinarias *(2008), de Mariano Llinás, ha sabido pasar por el cine, después por el cable, después por YouTube, después por el cine otra vez, y pronto por el streaming; porque en cuatro horas caben tres mundos; porque me sirve para recomendar, a quien pueda, que vaya a verla. Que aproveche.

1. ¿De qué trata Historias extraordinarias? Podríamos decir: son tres historias principales y dos —o quizás tres— relatos enmarcados. Podríamos decir también: es tres veces la misma historia.

Historias extraordinarias trata sobre un hombre anodino, común, ordinario que, durante un viaje por la provincia de Buenos Aires, se ve implicado en un episodio de violencia. Esa violencia, que de alguna forma corresponde a un mundo más antiguo y más firme, está en manos de profesionales. Él es su testigo, a veces su detective, en algún caso su cómplice. Sobre la aventura pende, sin demasiado énfasis, la promesa de un botín.

Y es así que en Historias extraordinarias encontramos: asesinatos a cuatro manos, apuestas clandestinas, tráfico internacional de animales salvajes, tomas de rehenes, salideras carcelarias, desapariciones voluntarias, milicias tropicales, voyeurismo amateur, falsificación de identidad, y muchas, muchas otras cosas más.

2. Volvamos a lo anterior. Un hombre viaja por la provincia de Buenos Aires y se ve implicado, sin buscarlo y sin entenderlo, en el comercio de la violencia. El pasado y el carácter de ese hombre no son importantes; la película lo muestra en tres versiones, pero son intercambiables. Por eso los protagonistas nunca reciben nombres: se los llama X, H y Z. (Y, supongo, habría sido demasiado cacofónico).

Hay mucho para decir sobre esta historia. Por ejemplo: la violencia siempre está en el pasado. Ya ocurrió; el hombre encuentra sus ecos, en general menores, disminuidos. Si aparece un tiroteo, es el último estertor de un tiroteo más grande, previo. Si aparece una apuesta, se decide visitando ruinas. Si aparece un león, es un león enfermo.

Además: el profesional de la violencia, el que conoce ese mundo, es más viejo. Proviene rigurosamente de la generación anterior; también ha vivido fuera de la Argentina. Su motivación aparente es un botín. Eso lo diferencia del protagonista, quien —más burgués— parece impulsado por la curiosidad. Entre ellos se produce una especie de legación fortuita: la herencia de un relato. Pero el protagonista no lo recibe entero. Está roto, escondido o fantaseado, y su trabajo es darle forma. A veces lo logra, a veces no.

3. Esta historia —la de un hombre que viaja por la provincia de Buenos Aires y encuentra una violencia antigua— suena familiar. Esto es, por supuesto, porque casi cualquier historia ya ha sido contada muchas veces; pero también porque *esta *historia, en particular, aparece en un cuento muy referido. Es la trama de “El Sur”, de Jorge Luis Borges.

4. Para contar Historias extraordinarias contemos, entonces, “El Sur”. (Acá me permito un capricho calendario: en agosto no solo se celebra el reestreno de esta película, sino también el nacimiento de Borges).

D tiene un empleo cualquiera. Es funcionario, no importa dónde; su trabajo es repetitivo, parco, gris. Lo importante, más bien, es que una tarde de febrero su vida va a dar un vuelco. En los últimos días del mes, agobiado por el calor pero excitado por la compra de un libro nuevo, D va a subir las escaleras de su edificio a las apuradas y se va a golpear la frente contra una ventana abierta.

La herida le genera una infección grave. D es internado en un sanatorio, donde delira y lucha por su vida. Sueña con un pastor de iglesia evangélica y con un coronel lanceado por los indios. Finalmente, después de ocho o nueve días, recibe una buena noticia: está mejor. Puede ir a convalecer a la chacra familiar.

La idea lo entusiasma. Sin estar del todo recuperado, D toma el tren en Constitución y atraviesa la pampa somnolienta. Las sombras de los árboles entran y salen del vagón, y el viaje a través de la llanura parece, por momentos, también un viaje en el tiempo. Unos minutos antes de llegar, un tripulante lo despierta: por razones un poco oscuras, el tren no va a parar en la estación esperada. D tiene que bajarse en una estación anterior, más recóndita y menos familiar.

Lo que sigue es conocido. D va a entrar en una vieja pulpería. Un criollo mamado le va a lanzar unas bolitas de pan. Sin razón pero sin freno, D se va a ver envuelto en un desafío a cuchillo, un desafío que solo puede perder. Alguien le va a decir, llamándolo por su apellido, que no se preocupe, que los parroquianos están alegres. Alguien incluso va a tratar de ofrecerle una excusa: no puede pelear, está desarmado. Pero un criollo viejo, escondido en un rincón, va a lanzarle a los pies, como desde un pasado remoto, una daga. Y así, en una tarde calurosa de verano, D se va a enfrentar a la muerte que él hubiera elegido, una muerte más romántica y acaso más digna que la del sanatorio; se va a enfrentar, como quien dice, a su destino sudamericano.

5. *Historias extraordinarias *está llena de referencias literarias. Un capítulo se llama “A la deriva”, como el cuento de Quiroga; H sueña la trama de El desierto de los tártaros; Z es inspector de aves de corral, como —cuenta la leyenda— fue Borges durante el peronismo. A Llinás le gusta decir que la película está inspirada en las novelas de aventuras del siglo XIX. (Hay que tener cuidado con las entrevistas a Llinás: es demasiado buen crítico de sí mismo). Por supuesto, listar las referencias literarias es más tedioso que útil, y una comparación no es necesariamente una idea. Pero cómo ayuda.

6. Hay muchos aspectos en los que Historias extraordinarias es rotundamente no borgeana. Más allá de su temática criollista —algo voluntaria, nunca ostentosa—, la diferencia más evidente es su escala. La otra, más sutil, es su economía. Grandilocuente y digresiva, llena de desvíos, personajes secundarios, momentos accesorios, *Historias extraordinarias *no se parece en nada a los relatos ascéticos de Borges (aunque sí a los de algunos de sus favoritos: Stevenson, Las mil y una noches).

Ese régimen narrativo, que produce las variaciones en la historia repetida tres veces, es una economía del exceso. Y para explicar ese exceso tenemos que hablar —era inevitable llegar a este punto— de la voz en off.

7. A lo largo de tres narraciones entrelazadas, apenas se escucha una línea de diálogo. Si las cuentas no me fallan, X —el personaje interpretado por Llinás— solo pronuncia tres palabras, cinco minutos antes del final. Pero Historias extraordinarias no es una película silenciosa. Al contrario: sin pausa escuchamos una voz en off que cuenta, explica, repone, duda; una voz en off que narra con minucia y que hace a uno preguntarse, por momentos, si Borges, ciego y todo, no podría presentarse en la sala y salir, cuatro horas después, con una idea bastante fiel de lo que ha ocurrido.

8. Ejemplo: Oyarzún, criminal veterano, sale de la cárcel para hacer un trabajo. Con una escopeta de grueso calibre, intercepta y mata al inspector de una aseguradora, que viaja en helicóptero. Después toma su lugar en un intercambio semiclandestino entre una empresa exportadora de granos y un príncipe saudí. Sin embargo, algo sale mal. Aparece la policía. Entonces se sucede una toma de rehenes, un tiroteo, un incendio malintencionado. En el medio de la batahola, mueren veinte personas y se pierde un maletín con dos kilos de oro.

La voz en off de Historias extraordinarias cuenta esa escena. Pero en pantalla, durante ese tiempo, solo aparece una sucesión de fotos: Oyarzún con la escopeta, el helicóptero en tierra, el príncipe saudí, la policía. La voz en off rellena los huecos y convierte a esas imágenes en una historia. Y sin embargo, aunque no la vemos filmada, la creemos. Eso es lo importante.

9. La voz en off tiene una función evidente: resuelve la escasez con ingenio. El desafío de Llinás —que empieza su película con un minuto de caminata mirando a cámara, como si fuera un duelo; que la hace durar cuatro horas, como si fuera una fiesta— es proponer que esas historias tan extremas, tan aventureras, se pueden filmar acá. La plata no hace falta si uno se anima; podemos hacer cosas difíciles. En ese sentido, Llinás parece menos identificado con D que con el criollo que le impone el cuchillo.

10. Sin embargo, cada tanto aparece una disonancia. Por momentos, mientras la voz en off hace ocurrir* *el relato, la imagen lo contradice, lo desmiente o lo cuestiona. En varias escenas, si nos tomamos al pie de la letra lo que vemos, es imposible conciliar voz e imagen.

Otro ejemplo: X, por razones desconocidas, camina (¿camina?) por las afueras de un pueblo. De pronto, a lo lejos, ve un tractor detenido. El tractorista se baja, esconde un maletín junto a un fardo, guarda una pistola en su bolsillo. Llega una camioneta. De la camioneta bajan dos hermanos: el gordo y el flaco. Se saludan, conversan. En un momento, mientras el tractorista y el flaco están todavía charlando, el gordo vuelve a la camioneta. Saca una escopeta y dispara. El tractorista cae. El gordo y el flaco, asesinos, tiran el arma homicida junto al cuerpo, se suben a la camioneta y huyen.

Entonces X se acerca. Toma la escopeta —el arma homicida— y mira al tractorista. Que se mueve. Que no está muerto. Que saca su arma. X, para defenderse, aprieta el gatillo. Advertidos por las dos detonaciones, el gordo y el flaco vuelven, pero no encuentran a X. Se escondió justo a tiempo.

Un literal o un aguafiestas —supe ser ambos— podría decir: ¿Qué hace X caminando (¿caminando?) tan lejos del pueblo? Si X ve al tractorista, al gordo, al flaco, ¿cómo es que ellos no lo ven a él, en el paisaje chato de la pampa, caminando desde lejos? ¿Quién corre el riesgo de disparar, con un arma de perdigones, a un hombre que está junto a su hermano? ¿Qué clase de asesino deja el arma con sus huellas justo al lado de su víctima? Si desde la camioneta se escuchan los tiros, ¿cómo puede ser que a la vuelta no vean a X, no lo busquen, no lo encuentren?

11. El problema de esa escena, la primera de la película, es casi geométrico. Si trazamos las miradas de los personajes, si tomamos los tiempos de las acciones, si somos rigurosos con el único plano fijo que contiene toda la acción, entonces algo no cierra.

A su vez, es un problema que nos vamos a volver a encontrar, porque escenas como esa aparecen varias veces. No es raro que tengan algo de ridículo, de culebrón: el protagonista espía —desde la distancia, desde una ventana, desde un pajonal, desde atrás de una puerta— a un personaje desprevenido. En la mayoría de los casos, espía desde cerca, a veces tan cerca que puede escuchar al otro. Y sin embargo, casi nunca es descubierto.

Uno podría decir, quizás, que el mecanismo de los hechos no es importante o que las disonancias ocurren porque Llinás conoce menos la pampa que su nostalgia y su literatura. Algo de eso hay. Sin embargo, más adentrados en la película, vamos a entender que a las imágenes no hay que tomarlas tan en serio. Que no son la exhibición literal a la que estamos acostumbrados en el cine de acción y aventura, sino más bien un punto de apoyo.

12. Si la voz en off dice se bañó durante una hora, y en la pantalla un personaje entra y sale de la ducha, sin cortes, sin montaje, igual tenemos que entender: pasó una hora. Si la voz en off dice se encontraron varias veces, y en la pantalla vemos a dos personas vestidas siempre igual, una y otra vez, con la misma luz, representar distintas versiones de un encuentro, igual tenemos que entender: esto ocurrió en distintos días.

Esto significa que *Historias extraordinarias *pide algo de nosotros. Pide, al espectador, que *se deje llevar *por lo que escucha. Que admita una ficción difícil, como si fuera un truco de magia.

13. Dejarse llevar: la narración como río, como mansa corriente de llanura. H, confinado con César en un bote, está obligado a escuchar, durante largas horas, los cuentos fantasiosos de ese extranjero curtido. H los cuestiona y los sospecha, a veces los odia, pero nunca los interrumpe.

Algo parecido ocurre con X, el personaje interpretado por Llinás. Encerrado en su habitación de hotel, imagina las vidas de quienes circulan la calle: una vecina, unos enamorados, un asesino. Su fantasía a veces acierta, a veces no; la atravesamos igual. Quienes espían son también quienes escuchan; quienes escuchan son quienes fantasean. D, en el sanatorio, imagina una muerte más digna que la de un citadino torpe; Llinás, en off, fantasea una pampa de aventuras que no conoce y acaso nunca haya existido, pero desea. Los une un placer casi infantil por el cuento, la historia, la aventura; por la narración. Hay cosas peores en qué creer.

24 de agosto de 2025


Manuel Cantón (Buenos Aires, 1996) es escritor, corrector y promotor editorial. En 2019, fue uno de los ganadores de la Bienal de Arte Joven de la Ciudad de Buenos Aires; ese mismo año publicó el libro de cuentos Un año sin verano. En 2023, recibió el premio Todos los tiempos el tiempo, de Fundación Proa, Fundación La Nación y Fundación Bunge y Born, por su libro Obsolescencia programada. Integra el equipo de editorial Ampersand.

Su texto “Textura, narración, erotismo” formó parte del #1 de Los años 20.