Juan Álvarez Tolosa

Las ansiedades: a partir de Milo J y su estrellato joven

Las ansiedades: a partir de Milo J y su estrellato joven

A saber: esta no es una nota sobre La vida era más corta, el último disco de Milo J. Tampoco es un texto sobre Milo J. Necesito, eso sí, empezar y terminar por él, porque en el lanzamiento de esta obra y en todo el revoleo que se armó alrededor reflotó algo que viene siendo un tema hace años: la proliferación de estrellas jóvenes, la explotación de las discográficas que neutralizan su arte, la complicidad de los medios y el conformismo del público. Sobre eso es este ensayo.


Milo J había conseguido algo de reconocimiento como un trapero adolescente, de clase trabajadora, que había dejado la escuela y que en sus canciones hacía referencias a los bondis y los barrios del Oeste. Su paso a la gran fama fue la colaboración con Bizarrap. De inmediato empezó su vindicación como un artista popular y argentino, enraizado y renovador. En su ascenso todo pareció acompañar esta idea: hubo actos tan disímiles como la censura de su recital en la ex ESMA por parte del gobierno nacional y la actuación en un papel estereotipadísimo en el éxito taquillero Homo Argentum. La coronación, a buenas y primeras, parece haber sido sacar un disco de folklore hace un mes y pico: La vida era más corta. Milo J, a sus 18 años, parecería decir: todo esto que decían que era, es exactamente lo que soy.

No es el primer disco que promete un diálogo entre la tradición folklórica nacional y otros ritmos urbanos como el trap. En los últimos años, Cazzu, Ysy A, Trueno y otros más marginales como Malandro hicieron de ese pivoteo algo conocido: un artista sube a la fama con un ritmo de menor prestigio y después intenta desmarcarse, decir “ojo que hice eso pero también puedo ser más elevado”. Los propios músicos se encargan de restarle importancia al género que supieron defender y que les dio su reconocimiento. Es aún más común con el rock: los ejemplos pasan por Trueno diciendo que “el trap es el nuevo rock”, por Wos y Cazzu colaborando con viejos rockeros en busca de aprobación, y por Barro, el proyecto paralelo de Ca7riel con el que toca la música que le gusta en lugar de la que le da guita.

Cada vez que la fusión de los géneros sucede, los músicos parecen olvidar (o querer tapar) que en eso consiste la tradición, que hubo miles que vinieron antes. Está bien: es la perfo del músico, tiene que hacer énfasis en su ruptura. El problema es cuando la crítica continúa ese discurso sin reparos. En los medios, la reivindicación suele venir por el lado de la unión de los públicos. Se habla de cómo, gracias a estas mezclas, los oyentes jóvenes pueden conocer algo de la historia musical de nuestro país. Sin embargo, el puente generacional intentado mil veces es casi siempre de una sola mano. Los traperos encauzan un público más maduro, bastante condescendiente, y las bandas históricas siguen con sus fanáticos de Cemento (si hay pibes entre el público, suelen estar ahí más porque sus viejos escuchaban esa música que por un feat. de su artista favorito).


Dada la narrativa que se había construido a su alrededor, con el pueblo y la tradición y la renovación en los titulares, el paso hacia el folklore de Milo J era algo anticipado. En las reseñas de sus discos se hacía énfasis en su linaje del interior y las chacareras que se escuchaban en su casa. Ya en el corte extendido de su álbum 166 había cantado: “Me aburrí de hacer trap, negro, quiero hacer folklore”.

La vida era más corta es un cruce. Dos caminos que se encuentran, como en el famoso crossroad donde Johnson le vendió su alma al diablo. Desde la intersección entre el trap y el folklore se cifran dos recorridos: el de la corta vida de Milo J y el de la larga historia de la música tradicional.

La inclusión de los santiagueños Cuti y Roberto Carabajal, íconos de la chacarera santiagueña, remite a los orígenes familiares y musicales de Milo J. El primer sendero continúa en canciones como Gil, Niño o Bajo de la piel, que aluden a situaciones cercanas, de una sensibilidad enteramente propia. Y el otro conecta el pasado histórico de la música con el presente: rescata una grabación de Mercedes Sosa, consigue las voces de Silvio Rodríguez y de Soledad Pastorutti, pero también suma a colegas generacionales como Paula Prieto, AKRIILA o Trueno.

Las letras de Milo J son conmovedoras, incluso si por inexperiencia recae en algunos clichés; y su voz dialoga a la perfección con sus colaboradores, incluso cuando se pone lado a lado con gigantes de la canción. El disco logra plasmar una tradición particular, desde las referencias musicales hasta las narraciones tiernas y ambiciosas de las letras, y en ese esfuerzo que lleva adelante Milo J se nota toda su potencia, latente pero contenida. Es claro que hay algo que no la deja estallar.

La producción es precisa. De hecho, está cuidada tan al detalle que por momentos se le va la mano y uno se pregunta cuánto mejor hubiera resultado dejar espacio a lo rudimentario, a la crudeza que sin dudas puede tener la impronta joven y más pura de Milo J. Los momentos de mayor intervención opacan lo que podría brillar como oro en bruto. Las soluciones que impone el estudio parecen salidas fáciles: algunas, como la de Bajo de la piel, son similares al fetiche latinoamericano de Calle 13 en Entren los que quieran1; otras atan sonidos con alambre, esas gotas-de-agua-súper-sintetizadas que aplacan las transiciones con la Negra Sosa en “Jangadero” y la voz ultra-procesada de Silvio Rodríguez en “Luciérnagas”, colaboraciones que podrían haber sido fulgurantes, asombrosas, y que en cambio parecen machacadas, metidas con brutalidad, para que aparezcan y no para que se luzcan.

Es innegable que el disco tiene una fuerza subterránea genial. Pero parece haber salido con apuro. Como con ansiedad por confirmar eso que se dice de Milo J, de diseñar su personaje como debe ser y no dejar nada librado al destino. Cuesta creer que la urgencia venga del lado del artista y no de los especuladores crónicos de métricas y ventas que tomaron poder de su agenda. Al eliminar el misterio de lo que podría haber hecho él por sí mismo, se intenta consolidar una parte de su público que lo empezó a seguir solo por subirse a una ola; la misma ola que reivindica cualquier artista que tenga algún encontronazo con Milei (como Lali), la misma ola que encuentra un pibito con talento y una cuota de exoticidad y deposita en él toda la fe sobre el futuro de la música. La eterna búsqueda de salvadores está condenada a encontrar falsos mesías. Si hay alguno verdadero allá afuera, no se va a prestar así como si nada a las exigencias de los productores ni va a recibir el elogio unánime de generaciones anteriores, marcadas por un gusto ya canonizado. Con esto no estoy diciendo que Milo J no lo pueda ser. De hecho, probablemente sí pueda. Lo que estoy diciendo es que, por lo menos, no lo es todavía. Tiene que elegirlo.


Lo de sacar música con apuro no es nuevo. Son conocidas las condiciones asfixiantes que ponen las discográficas (en este caso Sony) para sus fichajes: necesitan un disco cada tanto tiempo para que sean rentables, y ese lapso es cada vez más corto, cada vez más urgente. Esto resulta en proyectos poco pensados y peor trabajados que se vuelven repetitivos y a los que, a todas luces, les falta un golpe de horno. La pululación trapera-popera de los últimos años (Duki, Emilia, LIT killah) es el mejor ejemplo.

Pero esa ansiedad por el dinero de las compañías se contagia a artistas aún independientes. Capaz como parte de una ansiedad real, retroalimentada con el estímulo de la música que no para de salir, algunos artistas tienen la necesidad de sacar, sacar, sacar. Compartir, compartir, compartir. Los músicos suben las canciones a instagram mientras las están componiendo, pero también los ilustradores suben bocetos y los poetas poemas sueltos y, aunque cada vez salen más novelas argentinas, su promedio de páginas cayó de 250 a 150 en los últimos diez años2. Se dedica menos a las obras porque eso lleva tiempo, paciencia, y ese producto a medio hacer acaba siendo el producto final.

Es paradójico, pero ese clima hace quedar a Bizarrap como un rebelde. Es alguien que escucha el momento, que se toma su tiempo para producir una nueva canción, que la saca cuando quiere, sin ninguna periodicidad. No toma grandes riesgos en sus elecciones, eso está claro. Pero entre tema y tema vive, piensa, recorre, conoce. Eso también es parte del trabajo del artista, que si se la pasa encerrado y produciendo en un estudio pierde el tacto con la realidad. Dillom es otro ejemplo: en 2021 sacó POST MORTEM, un disco de hits que le valió un público masivo y, con él, el reclamo incesante por otro lanzamiento. ¡Más, más, más, más! Pero Dillom tardó. Se rompió la cabeza, empezó varias veces de cero, liberó un EP algo al paso para ganar un poco de tiempo y en 2024 volvió a la grandeza con Por cesárea. A fin de cuentas, mi elogio se reduce a aquellos que priorizan la obra por sobre su publicación; aquellos que prefieren dejar pasar el momentum, el instante indicado para las métricas, cualquier presión de sus representantes, lo que sea, con tal de sacar una mejor canción.

Aunque claro, alguien podría decir: no solo las discográficas tienen ansiedad por la rentabilidad. Los propios artistas necesitan producir y vender, producir y vender. Presentar discos, armar fechas. Bizarrap y Dillom, de última, no corren tanto riesgo económico si tardan en sacar sus canciones, pero ¿qué pasa con alguien que vive de su música mes a mes, día a día?

Al mismo tiempo existe otra ansiedad menos material: el miedo al olvido. Alguien que arranca, que tiene algo de público y que sabe que hoy las cosas se escuchan rápido y se descartan como si nada, cree necesario hacer algo para permanecer en el radar, sacar lo que sea con tal de sostener una racha que logró construir. El resultado es el mismo: canciones que se notan rápidas, algo formulaicas, grabadas para rellenar un espacio.

También hay contraejemplos, por suerte. El Nota, cuyo público no para de crecer, no busca calmar la ansiedad por lo nuevo sino que en cada proyecto vuelve a grabar canciones que ya sacó, en un intento de seguir trabajándolas, hacerlas cada vez mejores o por lo menos distintas. Es así que “Le conté a mi psicólogo de vos” va por la cuarta versión solo en Spotify, desde sus primeros discos en 2021 hasta hoy. El gesto es algo parecido al del viejo cantor Ignacio Corsini, que grabó su “Tristeza criolla” varias veces y, hacia el final de su carrera, cuando no tenía nada más para cantar, simplemente se llamó al silencio. También se parece bastante a un chiste. Como ese de Neil Young, que en un recital tocó de principio a fin un disco que todavía no había salido y la gente se enojó, y cuando terminó la última canción dijo “ahora vamos a tocar algo que ya conocen” y la gente se emocionó, y entonces Young tocó el primer tema de nuevo.3 Incluso se parece a la anécdota de Leonard Cohen, que fue a la radio y leyó un poema, y el conductor le dijo que era un poema hermoso y después le preguntó qué significaba, y Cohen se quedó en silencio unos segundos y procedió a leer todo el poema de vuelta. En fin: hagan una pausa, dicen todos ellos, escuchen otra vez porque no están entendiendo.


El disco de Milo J tiene gran valor como ánimo, como potencia. Como signo de alguien que reconoce un camino y lo encara y lo hace bien. Pero también es una buena muestra de un artista matizado por un entorno que comete todos los errores que debería cometer él, supuestas fallas que pueden marcar su estilo y torcer su recorrido personal, grietas por donde se cuele la luz.

Pero más lástima da la facilidad con la que se lo manda al muere. Porque la ansiedad no es solo del artista y sus explotadores, sino de los medios y hasta de su público.

Y los medios pueden tener ansiedades parecidas a las de las discográficas. Necesitan exprimir a los artistas para vender sus notas. Hace apenas un año y medio *Rolling Stone *le dio la primera tapa a Milo J, de entonces 17 años, con el título de El vertiginoso ascenso del nuevo niño terrible de la música y una nota que ya lo pintaba como el prometedor artista popular de la generación. Hace unos meses, otra.4 Y ahora una tercera, titulada Lejos de lo efímero, cerca de lo eterno, donde decía que “Milo J dejó de ser promesa; es presente”. Ya está, ya encontramos lo que necesitábamos, parece decir el medio, muy conforme. Así de rápido creen domesticarlo. No se pregunta, ni de cerca, si ese límite que ponen es un clavo en el ataúd de una carrera incipiente. Tampoco si no puede seguir habiendo promesa en un artista establecido. Mucho menos si no acarrean ellos, periodistas y editores, algo de responsabilidad por que un artista llegue a la cima tan rápido, que en ese apuro no encuentre nuevos horizontes y que se agote en apenas unos años para ser vapuleado por la misma revista que lo había ensalzado.5 ¿No es, en estos casos, el periodismo condescendiente y siempre elogioso mucho más venenoso que la crítica exigente, a veces insoportable, que puede suscitar algún tipo de respuesta como en un desafío?

Decía: los medios viven en parte de ese vampirismo. Pero el público no tiene excusa: no pierde guita por esperar un disco, ni gana nada al decir que tal músico es la reencarnación de tal otro o que está haciendo una revolución. Hay personas que parecieran elegir ídolos como en una timba, para que en unos años, si la pegan, puedan decir que ellos los seguían desde Cemento.

A los periodistas, entonces, capaz haya que exigirles que escuchen música sin pensar solo en sus notas o en sus carreras. El público, a la vez, podría dejar sus ansiedades de lado, escuchar con atención, esperar porque lo bueno tarda en llegar. Ambas partes, al fin y al cabo, si es que tanto se preocupan por sus músicos, deberían cuidar más a los nuevos artistas: reconocer potencial y darles espacio, no encasillarlos, no pedirles algo específico. Si sale bien es un golazo. Si sale mal, en una de esas, también.

Capaz, con menor presión, sin mucho para perder, Milo J podía hacer algo muy distinto. Sin un tutelado pasivo-agresivo de la discográfica, su impronta hubiera permanecido pura y hasta arriesgada. Pero la tentación de ser un ídolo popular, como en un pacto fáustico, es de verdad muy fuerte. No es solo la plata: es el reconocimiento y la fama, las remeras y las estampitas, los elogios en tuiter y un estadio coreando, un héroe nacional y un estrellato mundial. Es mucho, en fin, y la posibilidad de perderlo quita las ganas de arriesgarse. La seguridad del éxito no evitó que pusiera todo su talento al servicio de otro disco de folklore y trap, pero sí dejó entrar la carroña efectista de la producción con un objetivo concreto. Se neutralizó su singularidad para que ocupe su lugar predilecto en el mercado. Los periodistas sedientos hablaron de la vuelta a la tradición, de la madurez de un artista que dejó la escuela, de la dificultad de hacerse paso en la industria, de la renovación en un género que parece agotado. No les importaba quién llenaba el espacio: ya tenían las notas escritas. Obviamente, ninguno habló del costo. Es imposible saber ahora si Milo J la podía romper por razones desconocidas (las mejores razones), si pasaba sin pena ni gloria hasta ser rescatado años más tarde por algún exhumador, incluso si era tan horrible que deshacía por completo los límites de lo bello en algunos círculos de escucha musical.

Milo J hizo un buen disco porque es un buen artista; incluso a pesar del trabajo por encajarlo en un molde. Una vez más, nos quedamos sin lo desconocido.

Milo J la pegó porque estaba todo el terreno preparado para que la pegara; lo que no significa que no podría haberla pegado por razones más misteriosas y particulares. Una vez más, nos quedamos sin lo inesperado.


**Juan Álvarez Tolosa **nació en 1999 en Villa Sarmiento, Provincia de Buenos Aires. Escribe desde los 8 años, cuando su hermano le prometió un juego de PlayStation a cambio de un poema. Publicó textos sobre música, televisión y literatura en varios medios. Codirige y edita Los años 20.

1

Otro disco profesionalmente latinoamericano, supuestamente contracultural, con críticas explícitas al sello discográfico Sony y producido por… Sony.

2

Soy analista de datos en la industria editorial. Créanme.

3

No es un dato tan menor: el disco era Tonight’s the night y el último tema en la grabación iba a ser, también, el primero.

4

Compartida con Mex Urtizberea por el lanzamiento de ¡FAlklore!, el ciclo donde músicos invitados cantan canciones del repertorio nacional.

5

Hace no tanto pasó con Duki, otro de los mimados y catapultados por Rolling Stone desde pibito. Para 2023, cuando llenó River, dijo entre lágrimas que no le quedaba nada por conquistar. Al lanzar su disco siguiente, la reseña en la revista eligió por fin el camino de la honestidad y armó un revuelo tremendo.