Milagros PortaRederos en la orilla

Rederos en la orilla. Cartas sobre nueva literatura #1

Rederos en la orilla. Cartas sobre nueva literatura #1

Este es el inicio de una cadena de mails entre Milagros Porta y Juan Álvarez Tolosa. Después de su diálogo sobre la narrativa argentina sub-30, se proponen seguir pensando juntos los lanzamientos de los autores de una nueva generación.


Juan,

Te mando el texto que leí en la presentación del libro de Manuel Cantón. Decime si te parece un buen punto de partida para la correspondencia sobre literatura contemporánea. Estoy de acuerdo con la idea de poner el foco en libros escritos por autores de nuestra generación, hacer el esfuerzo de componer un mapa. Alguna que otra novela, algún que otro libro de cuentos, se nos va a salir de ese margen, pero solo cuando realmente lo amerite (se me están ocurriendo candidatos).

Sobre el título de esta correspondencia: tenés razón, “Cazadores ocultos” es demasiado fácil. Pero me interesó cuando dijiste que, en la novela de Salinger, Holden Caulfield malinterpreta el poema de Robert Burns (“Comin thro’ the rye, poor body, / Comin thro’ the rye”) y se inventa la imagen del guardián entre el centeno, que cuida que los niños no se caigan por el acantilado. Es decir, viene de un malentendido. Pienso que si le ponemos “Rederos en la orilla” seguimos la lógica caulfieldiana del capricho. Es como una mala traducción de catcher in the rye, una traducción completamente antojadiza. Además, la *orilla *y la literatura argentina sabemos que tienen un affaire.

“Miles de nenitos” era gracioso pero los autores de cuarenta se iban a enojar. Bueno, los más jóvenes también. Y la referencia no se entendía.

Te mando un beso, espero tu respuesta,

M

Cuenta Eduardo Wilde que en un viaje a Estados Unidos en 1892 se encuentra con una exposición de los inventos de Edison en Nueva York. Ahí descubre un aparato inédito: el primer grabador, es decir, el primer intento de almacenar y reproducir la voz. “El fonógrafo detiene la vida y perpetúa los fugitivos momentos”, escribe Wilde. “Con él ya no hay pasado para la palabra hablada. Fenómeno curioso para hacer hablar a los muertos”.

No es otro que Piglia el que señala que la relación entre este pensamiento espiritista y las máquinas es fundante en la narrativa argentina de fines del siglo XIX. Conocemos los autómatas de Eduardo Holmberg, los aeróstatos y los aeroplanos de Leopoldo Lugones, los médiums y las hipnotistas de Juana Gorriti. En la primera infancia de la ciencia ficción argentina, las máquinas están más cerca de la hechicería que del proyecto modernizador de una nación en ciernes. Pienso que todo invento nace como hechizo. Cuando le sacaron una foto por primera vez, un cacique de la Patagonia llamado Yaneuenque tuvo miedo. Su imagen revelada era un presagio de muerte. Después de conocer el cinematógrafo de los Lumière, Máximo Gorki escribió: “La noche pasada estuve en el Reino de las Sombras”.

Este es el clima de época que Manuel Cantón elige como punto de partida en su libro Obsolescencia programada. Dice el narrador del primer cuento cuando se iluminan los faroles de vidrio que acaban de llegar al país: “Me acuerdo de la entrada oscura a Chacarita y de la niña temiendo a la noche, y siento con alivio atávico que finalmente hemos conquistado el miedo. Yo también lloro. Después me asalta una verdad innegable: la electricidad ya no es juguete de científicos y curiosos. Ahora es un bien público. Y como todo lo público, va a ser aburrido y banal”. Quiero hacer un paréntesis acá: aunque es un libro de cuentos, creo que Obsolescencia programada se lee como una novela porque narra un relato que va desde el miedo atávico frente a la tecnología hasta la banalidad de la misma, más de cien años de historia mediante.

Manuel Cantón, Obsolescencia programada, La Pollera Ediciones, 2025, 296 págs.

Pero volvamos a su comienzo. Los personajes de “1887” leen divulgación científica con placer, hacen usos espurios de los avances de la electricidad y si hay que bautizar a un gato le ponen Plinio, como el naturalista. “Hago girar la manivela”, dice el narrador. “Hablo entonces de Zeus, de Thor, de Moisés. Hablo de rayo y de las potencias secretas del cuerpo humano. Hablo de Galvani, Volta y Ampére, domadores de espectros”. El invento de Edison acá no está al servicio del bien común. No viene a iluminar las calles públicas. Este narrador alquila cadáveres del cementerio de Chacarita y los reanima dándoles chispazos en un teatro de La Boca. Hay en el fraseo de este cuento una textura de tradición arltiana; escuchen: “A fuerza de sol, cromo y sulfuro” o “el ángel caído de Cabanel”. Entre lombrosianos y kardesianos, rufianes y truhanes, buhardillas, cementerios y bulines, Manuel Cantón se pasea como un lanzallamas por una Buenos Aires de penumbras que parece conocer al dedillo. Y lo que narra no es la tecnología, sino su comercio clandestino.

Pienso que la ciencia ficción en Argentina nació lumpen. Las máquinas se rompen, los inventos fallan, las ideas brillantes no sacan a nadie de la miseria. ¿Para qué servía al final la rosa de cobre de Los siete locos? ¿Qué lograron los destiladores de naranjas en Los desterrados? Creo que Obsolescencia programada tiene muchísimo para decir sobre el choque afiebrado de los avances técnicos extranjeros y la precariedad tercermundista.

El cuento más corto del conjunto narra la demolición de una torre fabricada para escuchar (¿y tal vez emitir?) ondas radiofónicas. Se trata de una especie de molino hecho de retazos, “planchuelas, varillas y caños descartados”, que le dan “el aspecto de un nido metálico”. Pensaba que el libro de Manuel Cantón se parece a esa torre. De hecho, una pregunta enunciada al pasar en ese cuento parece ser la que los reúne a todos: ¿qué hacer con los desperdicios? Acaso, una torre. Acaso, un libro. Cantón piensa la historia como ruina y emparcha lo que se va encontrando. Alguien lo llamó “ficción de archivo”. Ese archivo está compuesto de vestigios porque las vidas que le interesan al autor son las menores, las periféricas, las fallidas y las derrumbadas. Una viuda en una chacra a quince kilómetros de Cerro Negro. Un profesor de Física devenido traidor en dictadura. Un pintor frustrado que produce la primera porno argentina.

Cada cuento tiene su propia técnica, y en ese sentido usan la técnica en su doble valencia: la tecnológica y la literaria. Quiero decir que cada cuento tiene una época, un invento y una forma distinta de contarlo. No hay dos narradores idénticos, sino un camino que empieza en voces más decimonónicas, pasa por géneros discursivos como la carta, el diario o el interrogatorio y llega hasta la forma contemporánea por excelencia, que es la crónica o la no ficción.

En algunos cuentos, la relación entre la época elegida y el artefacto narrativo es directamente referencial. Es casi obvio notar todo lo que “1974”, el anteúltimo cuento del conjunto, le debe a El beso de la mujer araña de su tocayo Manuel Puig, publicada en 1976. La tecnología de ciencia ficción que narra este cuento es una máquina de hacer llover, pero yo creo que el avance técnico más importante que aparece es en realidad el grabador doméstico, que democratiza el registro de la voz. Se sabe que la posibilidad de grabar testimonios y transcribir los relatos orales cambió la historia de la novela. Solo hay que ver lo que hizo Puig: empezó a grabar las voces de personas reales, y a ese relato verdadero le contrapuso voces ficcionadas. El procedimiento fue tan disruptivo que generó algunas resistencias. Juan Carlos Onetti, por ejemplo, dijo famosamente: “Después de leer dos libros de Puig, sé cómo hablan sus personajes, pero no sé cómo escribe Puig”. La paradoja de nuestro Manuel es que piensa el cuento como artefacto, escribe como si hiciera una desgrabación de un testimonio, toma las voces de otros; y sin embargo su estilo está siempre, es una huella reconocible. Tiene una prosa de contención y precisión, de distancia irónica y detalles exactos, que prefiere las acciones por sobre el virtuosismo retórico —muchas veces más exhibicionista que efectivo— y que tiende a evitar las digresiones.

La operación que intenta *Obsolescencia programada *con la incorporación del grabador consiste en imaginar una época a partir de cómo fue escrita. En ese sentido, y para terminar, pienso que Obsolescencia programada es un recorrido por la historia argentina que es también un recorrido por la historia de la literatura argentina. Y la historia de nuestra literatura no existe sin cuerpos desbordados y excesivos, sin las cicatrices de la violencia. En este libro hay terror rural gore, hay porno con orgías en clave mítica, hay cadáveres electrocutados, fluidos biliosos y marcas de tortura. Pero hay también humor y mucha humanidad y el fervor insensato de los inventores y de los obsesivos. Lo que es otra forma de decir que, además de técnicas y de procedimientos, este es un libro de personajes, de hombres y mujeres singulares con voces como tomadas de aire, algo cada vez menos frecuente.