Juan Álvarez TolosaRederos en la orilla

Rederos en la orilla. Cartas sobre nueva literatura #2

Rederos en la orilla. Cartas sobre nueva literatura #2

Esta es una respuesta de Juan Álvarez Tolosa al #1 de Rederos en la orilla, escrito por Milagros Porta. En esta cadena de mails, se proponen pensar la narrativa de una nueva generación de autores.


Moli,

Me alegra el título que quedó para esta cadena de mails después de tantas idas y vueltas. Entre todas las cosas que pensamos al decidirlo, se me olvidó mencionar otra: rederos no son solo los que pescan con redes, agarrando los pececitos que se acercan a la orilla. Rederos son también los que hacen las redes, los que tejen nudos y generan los cruces necesarios para que todo ese sistema de hilos sea una sola cosa, amplia y resistente. (Si fuéramos angloparlantes, netters también referiría a nosotros por otro significado: a person who uses the internet.)

Me quedé pensando en lo que escribiste sobre los cuentos de Manuel, especialmente en el final de tu texto de presentación. Eso de que Obsolescencia programada es “un libro de personajes, de hombres y mujeres singulares con voces como tomadas de aire”, y que se vincula también con ese personaje galvanista del libro que “reanima [cadáveres] dándoles chispazos”. Vos decís que es algo cada vez menos frecuente, pero me permito disentir. Creo que nuestra generación le está dando la vuelta a eso, que hay una nueva voluntad de buscar orígenes y rescatar cosas perdidas. A veces se da de forma muy banal, claro: es lo que pasa con parte del nacionalismo mainstream, que siempre quiere desenterrar algún héroe perdido para llevarse el mérito, o con obras que se valen casi completamente de un archivo sin ninguna operación interesante. Pero esta semana leí Cruza, de Camila Vázquez, y se me ocurrió que era un buen ejemplo de lo contrario, de rescates bien pergeñados para que las voces perdidas suenen aún vivas y atractivas como en una caja de resonancia.

Hacía tiempo que le tenía ganas al libro. Había leído algunas reseñas que lo pintaban como algo que me podía gustar, con alguna mezcla entre ensayo y ficción, entre historia y autobiografía. Una recopilación de capítulos cortos que tratan un aspecto de la vida de algún antepasado, que se explayan sobre un dato migratorio de la región en que vivían, que evocan un recuerdo para ligarlos a cierta literatura. A su vez, casi todos los reseñistas parecían juzgar a Cruza por sus propios objetivos. En otras palabras, jugar a su mismo juego: explicaban las diferentes significancias que toma el título en la obra, se extendían sobre la reivindicación de prácticas y tierras y el género femenino, continuaban la propuesta de comparación de ese proyecto con el de la tradición argentina que la propia Camila Vázquez propone a través del racconto de algunas de sus clases de literatura nacional. Sobre Lucio V. Mansilla, por ejemplo, hace un chiste de que “como militar era malo y eso es lo que lo convirtió en escritor”. Y queda implícita la pregunta, entonces: ¿no es un escritor, también, un militar por sus propios medios? En todos estos sentidos que Cruza se propone recorrer, creo, sale airoso. Es efectivo, ingenioso. Pero me llamaba mucho más la atención qué pasaba con todo eso que era Cruza sin proponérselo, o por lo menos sin que fuera tan claro desde antes de leerlo.

Al comienzo, la protagonista sueña que se le aparecen dos flores: el girasol y la amapola. La amapola, origen de los opiáceos, la obsesiona y la lleva a buscar sin éxito más ejemplares de esa flor (“es como con la marihuana”, le dicen. “Está prohibida”). Esta búsqueda se entreteje con otra, a través de recuerdos de los menjunjes que preparaba su abuela, y así se desvía una y otra vez en las anécdotas de sus dos madres, de sus abuelas, de sus bisabuelas y algunos de sus compañeros hombres. “Hay una madre de a fragmentos”, escribe Vázquez en un momento sobre una de ellas, pero podría referirse a todos los personajes y lugares que pueblan este libro.

Cruza tiene una forma rara. Está escrito en segunda persona, con una voz que le habla a la protagonista como guiándola a través de un sueño por sus recuerdos y alucinaciones, y de este modo se maneja en una especie de limbo entre la novela, el ensayo y la crónica. Una forma híbrida, en fin, que en su origen opiáceo y onírico me hizo pensar inmediatamente en las Confesiones de un opiófago inglés, donde Thomas De Quincey se agarra de su adicción para narrar sus noches de devaneos alucinados en Londres y, en un largo prólogo autobiográfico, extenderse sobre temas políticos, de religión, de educación, de literatura… En este diálogo surge un contraste: en el siglo XIX inglés, la experimentación psicoactiva que brindaba la amapola se prestaba a la aventura por la ciudad; en el siglo XXI argentino, la amapola desata una aventura similar pero interior, hacia la sangre y las memorias, a partir de su contemplación estética o simbólica.

Esto viene a cuento de un interés que tengo desde hace unos años. Una teoría, más bien, sobre la que algún día querría explayarme bastante más pero que en resumen va así: desde siempre, el hombre se lanzó a la aventura y esto dio lugar a ese género literario. De aventuras son textos tan diversos como La Odisea y El progreso del peregrino, diarios como los de la Monja Alférez o Hiram Bingham, historias de caballeros como las sagas artúricas o Don Quijote, y novelas como La isla del tesoro. Stevenson, justamente, encarna un cambio que se da en el siglo XIX, en el auge de la modernidad, cuando traslada esos argumentos hacia la ciudad: una aventura urbana. Si antes un viajero debía irse miles de kilómetros para encontrarse con lo extraño, ahora lo extraño (lo exótico, lo extranjero) se muda a la vuelta de su casa por la nueva lógica global, colonialismo y capitalismo mediante. Entonces, de solo salir a caminar pueden aparecer aventuras. Con eso en la cabeza es que Stevenson escribe sus Nuevas noches árabes, una especie de adaptación de Las mil y una noches al Londres victoriano, pero también aparecen otras aventuras urbanas como “Wakefield” de Hawthorne, El Club de los Negocios Raros de Chesterton y, como anticipaba, Confesiones de un opiófago inglés. Claro que esto empieza a pasar en la ciudad más cosmopolita y pujante del momento, pero es algo que luego se extendió y que hoy podemos pensar en la literatura de Peyrou, de Arlt y, como es previsible por sus influencias, de Borges.

Ahora bien: desde que empecé a pensar en todo ese desarrollo, hace un tiempo, me pregunté en qué estadío estaba la literatura actual. Si bien no es difícil encontrar ejemplos de aventura urbana (incluso de aventura clásica) entre las novedades, el género sí parece responder a un período de la modernidad que está acabado. Las ciudades alguna vez fueron un territorio novedoso que despertaba fascinaciones y fabulaciones, pero que hoy se parecen un poco más a un cementerio. Mientras, el lugar misterioso que invita a perderse y a buscar nuevas verdades se trasladó a: a) las redes sociales, la tecnología, lo cibernético (sobre lo que no me voy a extender); y b) la interioridad, la espiritualidad, la psicología. Sobre esto último, me podrías decir que los flujos de consciencia y otras derivas psicológicas de la literatura de principios del siglo XX ya prefiguraban lo que estoy diciendo. Y puede ser. Pero creo que hay algo propio de la aventura que no estaba tan presente entonces, y eso es el encuentro con lo exótico en medio de la búsqueda de una verdad (o un objeto o un lugar). La aventura, que alguna vez mutó en aventura urbana, demuestra en libros como Cruza que aún puede mutar en aventura interior.

Esta especie de género también tiene varios ejemplos: imagino en Sleepless nights de Hardwick a un precursor (algo contaminado, de hecho, de aventura urbana), pero no me sorprendería que una buena parte de la literatura autoficcional más estereotípica de las últimas décadas pueda entrar en esta clasificación. Con sus buenos y sus malos exponentes, claro. ¿No es buscar fotos de abuelos, hurgar cajas en departamentos vacíos y recopilar anécdotas erráticas para recomponer una historia, siempre, una especie de aventura hacia adentro? El llamado ensayo autobiográfico, casi siempre introspectivo y de autodescubrimiento, ¿no supone un encontronazo con aspectos ocultos de uno mismo y un camino recorrido, al menos de forma espiritual? En el final de Cruza hay una especie de apartado con el título de “Cartografía literaria”, en el que Camila Vázquez hace explícitas sus influencias y algunas de las cosas que la llevaron a escribir el libro. En la última oración, confiesa: “No hubiera habido escritura si un día, después de comentar el sueño de las flores en análisis, mi psicoanalista no me hubiera dicho: escribilo”. En este ejercicio, entonces, la paciente rememora, con calma e interés, para hurgar en su propio pasado como en una excavación arqueológica. Y en sí misma, en su sangre, no se encuentra solo a ella sino a todo su linaje y la forma en la que aquellas mujeres (especialmente) se forjaron.

Acá me permito una última profundización hacia aquel terreno más inglés. Es que, así como De Quincey usó esa extrañeza del opio para escribir algunas aventuras urbanas, es probable que haya usado también la influencia de Sir Thomas Browne, uno de sus autores predilectos, para pensar la forma algo deforme de sus escritos. En Urnas sepulcrales, Browne anticipa el procedimiento de estos libros: se agarra del desenterramiento de unas urnas para ensayar largo y tendido sobre temas apenas tangenciales, explica los rituales de duelo de muchas sociedades del pasado, habla de la muerte, del olvido, del infinito, de la trascendencia. Roberto Calasso propone que Urnas sepulcrales es un texto de literatura devocional. No saco esto de la galera: en Cruza, la voz chamánica que guía a la protagonista por su camino tiene momentos que funcionan casi como rezos, como invocaciones. Antes hice mención a la caja de resonancia, a la idea de rescatar voces. Cada tanto, ese pedido implícito de respuestas en Cruza me hacía pensar en la plegaria a las musas con la que empezaron grandes obras de la antigüedad y que eventualmente devino, con uno de los autores mencionados por Vázquez, en un más terrenal “Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte”. A lo que voy es que Calasso, al hablar de la literatura devocional, dice que en Urnas sepulcrales “algunas urnas encontradas son fragmentos dispersos, pero tal vez representen, en un recuerdo cifrado y petrificado, al mundo entero”. Entonces recuerda una reflexión del propio Browne: “En esta multiplicidad de escritura, los temas marginales y áridos son los que mejor se prestan a la invención; los temas que se han tratado mucho confinan nuestra imaginación y fijan nuestras ideas a las nociones de los autores previos”.

En Cruza, me da la sensación de que por momentos el tema ocupa demasiado del espacio. El camino, si bien sinuoso, está bien demarcado y Camila Vázquez lo respeta. Pocas veces parece mirar hacia los costados, irse demasiado por las ramas como la estructura onírica y la voz que se escapa parecieran prometer. Recuerdo una frase que marqué de De Quincey: “Le pido perdón al lector por esta digresión desproporcionada, en la que me metió mi amor por nuestra gran literatura nacional”. Creo que es algo propio de cada uno de estos géneros: la aventura hacia el exterior (sea clásica o urbana) nos pone en un lugar ínfimo frente al vacío del mundo que hay que llenar, pero en la aventura interior el autor se propone como límite, como fin último de todas las búsquedas. En este caso, es como si el libro tuviera una ambición mucho más grande de la que se permite, como si no se animara a asumirla del todo. Y sin embargo, esa ambición algo velada es la que hace al libro atractivo, la que da la sensación de estar leyendo algo potente.

Vuelvo a la primera frase que cité de Cruza, en uno de los pocos y cortos apartados referidos a temas literarios: Lucio V. Mansilla “como militar era malo y eso es lo que lo convirtió en escritor”. Me parece que el libro sí cree que un escritor puede ser militar, lo cree fervientemente. Por eso usa sus páginas para ocuparse de voces perdidas, de tradiciones deslegitimadas, de cierto proyecto político, y en su despliegue formal disgregado se nota una propuesta sobre la conformación de una historia (incluso una Historia Nacional) que, además de interesante y compleja, está claramente lograda. Lo que me pregunto es si por momentos el libro no juega en su propia contra, tanto en ese retraimiento discursivo hacia lo individual (la vuelta constante a la historia personal que sirve de excusa y de fin en sí mismo) como en algunas visiones deliberadamente inocentes sobre la literatura (culpa, un poco, de transcribir las clases que dicta en una primaria).

En fin. Termino de escribir este mail, pero es un libro en el que voy a estar pensando bastante más. Lo intrincado de algunas de las ideas que me surgían al leerlo derivó, creo, en este texto algo desordenado y con el que probablemente ni yo coincida del todo de acá a una semana. Ahora pienso en qué otros libros podemos seguir comentando más adelante, qué está saliendo o por salir en estos meses y qué estás leyendo para tu próximo mail.

Lo espero con ansias,

Juan