Una declaración sobre la curiosidad
“No se nace escritor, se nace bebé” decía con coherencia Hebe Uhart. Tampoco uno puede decidir ser escritor, no se puede estudiar una carrera y licenciarse en ese oficio aunque la academia yanqui pregone lo contrario. Para un escritor es difícil rellenar el casillero de profesión/trabajo en cualquier documento. Además del pudor por la autodefinición, hay una cuestión lógica: un gran porcentaje de la población sabe escribir, cuenta con la materia principal para llevar a cabo este arte. Entonces, ¿en qué momento se pasa de ser un hábil alfabetizado a un autor reconocible? Es un límite difuso, pero creo que encuentro una respuesta: la aventura del escritor empieza cuando se atreve a navegar por el misterio. O los misterios. Porque por suerte hay muchos y así hay muchos escritores, aunque a veces algunos nos engañen y simplemente recorran misterios ya explorados por otros. Con esto no quiero decir que los temas no se repitan porque al final hay solo tres o cuatro temas, pero sí quiero decir que para poder llamarse escritor hay que navegar el propio barco.
El misterio representa una ausencia, algo que no sabemos, el posible peligro, y ahí aparece un salvavidas: la imaginación. Este don es lo que nos hace humanos y es una herramienta con la que los bebés sí nacen. El problema es después, cuando crecemos y las derivas de la mente se educan y comienzan a enrollarse en un mismo sentido. Ahí entra otro don más: la curiosidad. Y esta segunda hace de soporte a la primera para que no desaparezca en los moldes de la adultez. Ambas nos permiten introducirnos en los misterios porque son las que desandan la realidad, la desandan o la hacen estallar y la multiplican. El escritor, entonces, rompe la realidad hegemónica, unívoca, crea mundos o posibilidades de ellos aunque solo se corra un poco de la realidad que padece.
En este sentido, los escritores tercermundistas gozan de una suerte mayor: por vivir cercanos, amontonados, sobre otros cuerpos, otras capas, otras lenguas, son impregnados de una manera más alborotada de percibir las realidades. En la periferia se goza de una cantera más rica de la cual hay que servirse inteligentemente para no caer en la agenda usada para el exotismo y subordinación al imperio. Lo importante es que ese servicio sea a nuestro favor y no para volver a las vidrieras de los museos de Ciencias Naturales en Inglaterra.
Volviendo al tema de ser escritor, a este salvavidas imaginativo y curioso lo podemos construir de muchas formas: desarrollando un oído ultrasónico como el de los murciélagos para penetrar en todas las cuevas húmedas y secas del mundo; creyendo fervientemente en algo, aunque sea una virgen del tamaño de una banana, porque nunca una creencia se puede sostener sólo en uno mismo; construyendo una casa arriba de los árboles para mirar a tu ciudad como si fueras un Dios; también simplemente escribiendo y buscando las estrategias para que no sea el mismo el que habla que el que escribe.
El deseo de escribir está anclado en el desconocimiento de uno mismo, en ese borrarse en otros. El desvanecimiento se puede dar en la lectura de un libro, poniendo la atención en una escena de la calle, en un silbido, donde nuestra participación se vuelve accesoria aunque esa escena sea parte de nuestra propia vida. El material que usamos para escribir, ese misterio, es una masa elástica, maleable, en la que nuestras manos se desentienden de su propio contacto y se arrojan al extrañamiento. Así para escribir puedo usar mi nombre, mi apellido, mi lugar de nacimiento, el tono en el que digo “mamá” y no ser yo porque lo volví misterio, busco enterrarlo en una dimensión sin tiempo donde la posibilidad es infinita.
En el prólogo de* El mundo alucinante*, Reinaldo Arenas escribe: “Así creo que es la vida. No un dogma, no un código, no una historia, sino un misterio al que hay que atacar por distintos flancos. No con el fin de desentrañarlo (lo cual sería horrible) sino con el fin de no darnos jamás por derrotados”. ¿Quiénes son los que pueden derrotar el misterio? Los que siempre contaron la historia de una manera lineal y productiva, que queda cómoda y que se ajusta a pesar de todas las variantes al contexto. El misterio de escribir no puede ser nunca servil a un negocio ni tampoco a un panfleto. Es político en la medida que conduce los ojos, los oídos, la nariz, las manos del escritor a lo que no fue puesto por delante, a lo que él desconoce pero puede imaginar y como un médium aproximarnos a través de la lectura.
Vuelvo: no hay posibilidad de imaginar sin curiosidad. La Biblia, el texto occidental más instituyente de la Historia, pone a la curiosidad por una manzana como el inicio del pecado. Para mí, en realidad, es el inicio del cuento: el acercamiento a lo desconocido abrió la historia. Y lo hizo una mujer. Aunque eso nos haya costado siglos de hostigamiento. También llevó a construir a lo femenino como lo otro, como lo influenciable, la que es capaz de escuchar una serpiente y cuyo accionar los vuelve mortales. ¿Pero para qué tener vidas infinitas sin ningún tipo de cambio? Esta capacidad de oír otras voces me parece mucho más interesante que la rigidez, que no dejar que nada externo nos atraviese. Por eso Adán nunca va a ser escritor, él obedece y no escucha lo que está por fuera, en cambio la actitud de Eva es la de alguien que es escritora: le da importancia a otros seres y se deja atravesar por el mundo, por el misterio. Podríamos decir entonces que Eva no solo nos regaló el inicio del cristianismo como lo conocemos sino también el de la experiencia literaria. Ya lo escribió Paolo Sorrentino para su serie Young Pope: los escritores y los religiosos son iguales, no pueden darse el lujo de resolver el misterio porque se volverían insignificantes.
Siguiendo con las citas a directores de cine, en una entrevista en la Cinemateca Uruguaya le preguntaron a Lucrecia Martel sobre su proceso de trabajo, sobre la inspiración, el talento y dijo lo siguiente: “A la inspiración no la conozco y dudo mucho del talento. Me parece que la única cosa que uno puede hacer para decir algo o para señalar un camino es seguir una profunda curiosidad que supere a cualquier moral. Si tenés una curiosidad que se somete no sirve. La curiosidad se tiene que rescatar, hay que conservar la que teníamos cuando éramos chicos cuando espiábamos cualquier situación y solo había que evitar ser descubierto”. Coincido con Martel y pienso que la imaginación es el motor y la curiosidad es el combustible. Es lo único que necesita el escritor para hacer del misterio su barco y desarreglar un poco este mundo.
Sofía de la Vega (1993)** **nació en San Miguel de Tucumán. Es Profesora de Letras (UNT) y Becaria Doctoral Conicet. Obtuvo la beca Pulgrant de la Firestone Library en 2022. Ganó el premio Todos los tiempos el tiempo, de Fundación Proa, en 2024. Realiza una Especialización en Culturas del Noroeste Argentino en la UNT. Es organizadora del Festival Internacional de Literatura de Tucumán (FILT) desde 2015. Sus textos salen en diversas antologías y revistas. Publicó tres libros de poesía: Blancas y plateadas (Ediciones Neutrinos) en 2018, Los ángeles son vacas (NEBLIPLATEADA) en 2025, y en España La idea es vivir cerca pero no encima (Ediciones Liliputienses) en 2019.
Su texto “¿Dónde está la imaginación?” formó parte del #1 de Los años 20.